Raquel Huete, David Soto, Amparo Vazbel y José Villamarín son los mejores escritores de la semana



RUGIDOS NOCTURNOS

Raquel Huete


—¿Ves este columpio? Fíjate bien porque forma parte de la leyenda.

Leo echó un vistazo al viejo columpio que custodiaba la entrada del cementerio. A la luz de las farolas parecía abandonado, pues el tablón estaba roto y la herrumbre se extendía a lo largo de las cadenas que lo sostenían. No supo qué decir, así que se limitó a tomar una de las linternas que su primo Gonzalo sacó de la bolsa y siguió sus pasos con pies de plomo.

Tras la puerta de hierro forjado, el camino discurría entre cipreses, un intenso olor a tierra húmeda y alguna que otra nube de mosquitos que revoloteaba caótica a la altura de sus cabezas. Leo trataba de espantarlos mientras cerraba la boca para no tragarse ninguno, las lápidas sucediéndose a ambos lados, descoloridas, agrietadas. La mayoría estaban decoradas con flores frescas y retratos en blanco y negro. Pero también las había descuidadas, cubiertas de tierra y pétalos caídos. Lo único que se oía, aparte de su respiración, era el crujido de las hojas y ramitas secas bajo sus pies. Leo miraba a su alrededor con cautela. Según Gonzalo, aquel cementerio escondía una leyenda que protegía el descanso de las tumbas y le había retado a conocerla de primera mano. La idea no le hacía ninguna gracia, pero era nuevo en el pueblo; dejar entrever que le aterrorizaban los muertos no le ayudaría a empezar con buen pie.

Cuando encontraron lo que buscaban, la maleza les llegaba a las rodillas y un sepulcro de mármol les recibía con la tapa abierta. Justo al lado había otro sepulcro con los mismos motivos decorativos, pero este permanecía con la losa intacta.

Gonzalo se colocó la linterna bajo la barbilla apuntando hacia arriba para que la luz se reflejara en su cara.

—Esta es la historia de Catalina la Sangrienta —empezó a relatar en tono siniestro—. Era hija única. Y su padre, que por entonces hacía de alcalde, la quería tanto que cuando la madre de la niña falleció de pulmonía, aceptó instalar un columpio frente al cementerio. Catalina dijo que quería sentirla cerca mientras jugaba. —La imagen del columpio viejo de la entrada en seguida acudió a la mente de Leo. Tragó saliva y siguió atento—. Pero un mal día, alguien perverso se presentó allí mientras jugaba a solas y se la llevó. Le hizo cosas terribles, cosas que no deberían tener nombre y que tornaron su cuerpo azul y ensangrentado. Luego la dejó abandonada cerca del riachuelo. —Leo tuvo que sujetar la linterna con más fuerza para que no se le resbalara de los dedos sudorosos—. La encontraron a la mañana siguiente, cuando el dueño de una casa cercana pasó por allí para llevar a sus ovejas al pasto, pero nadie pudo hacer nada por ella. Su padre la enterró junto a la madre para que estuvieran siempre juntas.

—Pero… una de las tumbas está abierta.

—Es que la leyenda no acaba ahí —continuó con voz todavía más lúgubre—. Cuando el alcalde fue a llevarles flores un día después, se encontró algo horrible: el sepulcro de Catalina estaba vacío y un cadáver teñido de sangre yacía a los pies de la urna. Sus entrañas estaban desparramadas por el suelo, retorcidas sobre sí mismas como si rugieran de hambre. Y lo peor de todo: una maraña de huellas ensangrentadas se esparcía alrededor del cuerpo y se alejaba hasta perderse.

Tenían el tamaño del pie de un niño, así que pronto corrió la voz de que el fantasma de Catalina había matado a aquel hombre por haber quebrantado su descanso.

Desde entonces, muchos juran haberla visto mecer el columpio por las noches y pasear por las inmediaciones del cementerio para custodiar a los muertos, dejando tras de sí un rastro de huellas ensangrentadas. Todos sabemos lo que le ocurrirá a quien vuelva a perturbar la quietud de estas almas.

En cuanto la voz de Gonzalo se apagó, un chirrido rítmico quebrantó el silencio. Leo trató de controlar el tembleque de sus piernas.

—¿Qué es eso? —preguntó Gonzalo.

Leo le enfocó la linterna a la cara para escudriñarle el rostro. Quién sabía si aquello formaba parte del espectáculo. Pero su primo se volvió y salió corriendo. Leo le siguió hasta la salida, donde descubrieron que el columpio se balanceaba al ritmo de su estridencia, crujiendo como si su alma desvencijada se astillara con cada vaivén. Gonzalo lo frenó con la mano y el rugido se esfumó.

—¿Quién hay ahí? —preguntó, envarado.

—¿Es una broma? —exigió saber Leo.

—Sí. Tiene que ser eso. Alguien sabe que estamos aquí y nos está gastando una broma.

Entonces el columpio volvió a balancearse sin que nadie lo impulsara. El corazón de Leo dio un vuelco. El rugido seguía llenándole los oídos cuando un rastro de huellas ensangrentadas empezó a avanzar hacia ellos.



 


SOMBRAS BAJO EL PLENILUNIO

David Soto


Avanzábamos con cuidado, tratando de no tropezar con las raíces de los árboles que nos cercaban, como un ejército de enemigos acechantes que buscaban la oportunidad de abalanzarse.

Las pisadas de Lucas se aceleraban, tal vez por el incipiente peligro que habíamos empezado a notar desde hacía rato. Le seguí, tratando de no perderle, haciendo que el tintineo de las dos campanillas que llevaba en la cintura se incrementase. Notaba una presencia tras de mí, quizá fruto del miedo. Conseguí alcanzarle, y le agarré de la mano para calmar sus inquietudes. El haz de luz de su linterna se estabilizó.

No tardamos en llegar a aquella lúgubre mansión, construida hacía cien años con la madera del árbol más sabio, barnizada con la sangre de los más desquiciados asesinos y adornada con los huesos limados de las amenazantes criaturas del bosque. Sentimos un escalofrío recorrer nuestro cuerpo. Comenzaron a llegar a nuestras mentes los oscuros cuentos para no dormir que nos contaban sobre la casa al final del bosque, sobre cómo solo una familia vivió allí, sobre cómo aparecieron todos hechos pedazos en una noche de luna llena como esta, con la luna como único testigo. Nos miramos, no queríamos entrar, pero sabíamos que teníamos que hacerlo, no teníamos más remedio. Una pequeña escalera, carcomida por el paso de los años, era lo único que nos separaba de la casa. Di el primer paso, que mi compañero siguió al notarme decidido.

Empujamos la puerta, que se abrió tras quejarse, expulsando de la vivienda el olor a gastado, a humedad, y a desamparo. Entramos guiados por la linterna, dejando atrás la protección de la luna, que pronto nos concedería un beso mortal. Apreté con fuerza la mano de Lucas, pensando así que evitaría que alguien pudiera hacerle daño en los cinco minutos que pasaríamos ahí dentro, los mismos que hacían de límite entre las burlas y el respeto.

Me agaché y coloqué la linterna en el suelo, alumbrando la siniestra lámpara de araña que colgaba sobre nuestras cabezas. Me senté, y le indiqué a Lucas que hiciera lo mismo. Le agarré ambas manos, dejando en medio un hueco para que la luz pudiese hacernos de escudo contra la incertidumbre, y le entregué las dos campanillas para que se sintiese seguro. Las guardó, y tras eso, se quedó mirando hacia mí. Sus ojos acaramelados me observaban con seguridad, y no pude evitar sonreír. Me acerqué, y posé sobre sus mejillas un tímido beso, para después, revolver su rizoso pelo.

El tiempo pasaba despacio, y el silencio del lugar era interrumpido constantemente por el ululante viento que se colaba por las grietas de la vieja madera, meciendo así la lampara sobre nosotros, y produciendo un leve sonido al ser agitadas las cristalinas lágrimas que colgaban de ella. La oscuridad nos rodeaba, tratando de apoderarse de nosotros e intentando irrumpir en nuestro pequeño espacio seguro.

De pronto, dos golpes secos en la puerta nos sobresaltaron. Lucas me miraba temeroso, y yo tan solo le abracé con fuerza. Sentía la respiración de Lucas sobre mi cuello, agitada, mientras sus temblorosos brazos me rodeaban. Un crujido volvió a captar nuestra atención. Provenía del fondo del vestíbulo. Me adelanté un poco, protegiendo a Lucas con mi cuerpo y alumbrando la zona. No había nada, solo una grieta que daba al bosque del que veníamos. Suspiré aliviado, y escuché aquellas campanillas agitarse. Me volví, pero no había nadie. Comencé a llamar a Lucas, pero no hubo ninguna respuesta. Busqué por todas sitios, cada vez con mayor temor.

A cada paso que daba sentía la madera quejarse, y en mi creciente paranoia, notaba que la misma gritaba de dolor, como si tuviera consciencia propia. Revisaba cada estancia. El salón, donde el crepitar de la chimenea era ya una leyenda perdida entre el polvo del lugar. La cocina, donde el ruido de los fogones había quedado opacado por el paso de las décadas. No había rastro de él. Me derrumbé, y entre lágrimas comencé a maldecir el momento en el que decidimos venir. La burla de los otros, la vergüenza, la humillación… nada de eso me importaba ya, solo quería tenerle de vuelta. Quería volver a abrazarle, acariciar sus mejillas, escabullirnos entre los rincones para darnos besos furtivos. La estúpida prueba de valor me había arrebatado a quien más quería, y mi orgullo era su cómplice. Un leve tintineo me sacó de mis pensamientos e hizo que mi ánimo volviese. Corrí hacia él, mientras escuchaba como su voz me llamaba, guiándome como un ángel. Pero hasta los más dulces ángeles pueden ser funestos. Allí lo vi, al fondo de un pasillo. O más bien vi lo poco que quedaba de él.


 


EL GUARDABOSQUES

Amparo Vazbel


Clifford se había convertido en el nuevo guardabosques. Era un trabajo duro que requería una buena forma física para patrullar, realizar trabajos de conservación, manejar recursos naturales y demostrar su capacidad de información en beneficio de los usuarios.

Los gerentes del parque le indicaron cuáles eran las obligaciones. También le advirtieron sobre el peligro que suponía la zona oeste. No le dieron explicaciones detalladas acerca de lo que sucedía allí. De haberlo sabido, no habría aceptado.

Su jornada comenzó temprano. La luz del amanecer asomaba tímidamente detrás de la bruma. Se encaminó en primer lugar hacia el oeste. La curiosidad vencía a la razón. Apenas había caminado media hora cuando las vio. Eran unas escaleras magníficas de piedra oscura. Le llamó la atención la pulcritud que presentaban, sin musgo ni hojarasca. En alguna ocasión había oído historias sobre misteriosas escaleras en los bosques, leyendas que le parecían entre absurdas y divertidas. Ahora se encontraba ante una de ellas. Se trataba de unas escaleras de bajada. Quizás se habían construido para facilitar el descenso, dado el desnivel del terreno. La niebla y la escasa luz no ayudaban a distinguir el destino de estas.

Llevaba la linterna encendida pero la niebla hacía rebotar la luz. Eso mismo ocurría con las paredes a medida que bajaba cada peldaño. Uno, dos tres… Descendía con cuidado. Apenas se escuchaba el ulular de un búho, las pisadas de algún roedor. A lo lejos iba quedando el crujir de las ramas de los árboles y el viento entre las hojas...once, doce, trece...veinte escalones. Iba contándolos mentalmente. Ahora notaba la niebla de una manera más sólida. Notaba su presión en las piernas, en los brazos, en la cara. De la brisa gélida inicial pasó a percibir un aumento de temperatura. El aire se notaba más cargado. Se detuvo. Volvía a presentarse la lucha entre la curiosidad y la razón. Esta vez ganó la razón. Se dio la vuelta.

Comenzó a ascender descontando cada escalón: veinte, diecinueve, dieciocho, diecisiete… Cada uno parecía más pesado de subir que el anterior ...dieciséis, quince, catorce… A pesar de la niebla, debería ir vislumbrando el inicio de la escalinata...trece...notó una punzada en la pierna o un mordisco, trató de alumbrar de qué se trataba pero no le dio tiempo. Siguió subiendo en ese retroceso hacia la salida, doce, once, diez… Le pareció distinguir una figura humana un poco más arriba, quizás un efecto óptico o su propia sombra… nueve, ocho, siete… Ya tendría que ver el bosque, escuchar la actividad de los animales...seis, cinco, cuatro peldaños para terminar la subida. Aceleró el paso, tres, dos, uno...pero los escalones seguían, seguían...empezó a subir a la carrera, casi de manera enloquecida, una escalera sin fin. Tenía que llegar, la bruma y la oscuridad lo seguían envolviendo, notaba su presión, su tacto áspero.

Estaba perdiendo la noción del espacio y del tiempo, ya no sabía si subía o bajaba de nuevo. Con su linterna trataba de buscar algún indicio de cuál era la trayectoria que estaba siguiendo. Su corazón luchaba por correr más que sus piernas.

Más escaleras. El roce de una figura pasando a su lado en sentido contrario ¿o simplemente sería una sensación? Una voz… ¿de alguien más o era la suya propia? El cansancio empezaba a hacer mella en su cuerpo. Notaba cómo se encogían sus vísceras. Un chirrido más arriba. Un esfuerzo más por subir, por bajar, por apearse de aquella escalinata laberíntica. Una luz. Una puerta, la esperanza de una salida. Puso su mano en el pomo, lo giró y la abrió. No podía creer lo que estaba viendo. Comprendió que jamás saldría de aquella cárcel eterna.


***


Mike se había convertido en el nuevo guardabosques. Era un trabajo duro. Los gerentes le advirtieron del peligro que representaba la zona oeste pero no entraron en detalles...



 


EL EMIGRANTE

José Villamarín


Qué tontería, carajo, ahí queda todo, me quedaré aquí sentado en medio del parque esperando que las cuerdas del charango se aloquen por sí solas y el viento sople por los huecos de la flauta. Que ellos hagan todo, yo no tocaré ni una nota o no se nota que estoy hecho mierda, que lo único que quiero es desaparecer de este perro mundo. Y ahora, como nunca, va y viene medio mundo, altos rubios carirosados ojicelestes, chiquitos ojos de ojal sonrisas estampadas cámaras de fotos al cuello, turistas que me habrían dado lo suficiente como para ir a comer pizza con helado en la Piazza di Popolo como cualquier turista que se precia, y no como yo, un infeliz sin papeles que ha vivido de la caridad de los otros. Y ahora me veo aquí, sentado con esta maldita carta en la mano… Perdóname, mamita, te falle… Aunque sé que desde el cielo me seguirás mandando tus bendiciones. ¡Qué remordimiento de conciencia, qué terrible indecisión!

Ya me lo imagino al Alejo, antes de que se muera mamacita, ha de haber estado hecho el que lloriquea, mamacita, mamacita, no se nos vaya a morir, usted todavía está dura, y afuera del cuarto, con la Susana y la Carmen, pobre mamacita, no es por nada, pero de que ella siga así, es mejor que, diosito me perdone, es mejor que ya descanse. Y que deje descansar, ha de haber rematado la Carmen, no ves que la pobre Susana tiene que cuidarle, mamacita con 91 años no puede ni caminar, oye a medias, ve todo borroso, yo no podría con ella, vos sí Susana, es que vos eres la Madre Teresa de la familia, pero igual tenemos que venir a verle, a visitarle, si no, no vaya a ser también que se le ocurra hacer el testamento y ahí sí… Es como estarles oyendo a esta caterva de oportunistas, aprovechadores, claro que son mis hermanos, pero qué culpa tengo yo de que sean mis parientes, uno escoge a los amigos, no a la familia.

Y ahora que no está mamita, la Susana andará haciéndose la víctima, la que yo pobrecita sí que sufrí como macha, lo bueno es que todo lo hice con cariño, ustedes me conocen, conmigo estuvo bien atendida, con la medicina a tiempo, masajes para los dolores de espalda, dándole de comer en la boca, qué bestia, la otra vez se atrancó y todita la comida me aspergió, ahí sí ganas tuve de dejarle botando, que mamacita me perdone.

Y como ya les amansó a todos con sus historias de desprendimiento, les cantará la plena, la que sale ya no del corazón, sino de las tripas, que esa es la que vale, y les dirá a mis hermanos que, eso sí, por haberle cuidado yo sola a mamacita, me merezco un mayor porcentaje del valor de la casa.

Y a mí ni siquiera me avisaron que ella estaba mal, y ahora vienen con que no me dijeron nada porque murió de un momento a otro, que fue un infarto fulminante, cuentistas, y yo sin haberla visto no sé cuantos años, aunque igual no habría podido ir a despedirme pues los sin papeles no tenemos derechos, no tenemos ni padre ni madre ni perro que nos ladre.

Me imagino ahorita cómo estarán estos buitres, nerviositos, encomendándose a Dios para que el hermano menor se porte racional, ñañito te hemos extrañado no sabes cuánto, si antes no pudimos ayudarte cuando decías que no tenías ni para un pedazo de pan es porque nosotros también estábamos jodidos, aquí hubo un feriado bancario, ñaño, en el que nos robaron la plata que dio un contento, y después, ya no supimos nada de ti, creo que estabas resentido con nosotros, pero de gana, siempre has sido nuestro preferido, el menor de todos, al que debíamos cuidar, pero no te dejaste, pero eso qué importa ahora, lo bueno es que ya tenemos comprador para la casa de mamacita que en paz descanse, pues para ganar tiempo la pusimos en venta antes de que se muera y con eso todos estamos hechos, vos por ejemplo, esos dolaritos les podrías dar de entrada para un departamento allá en Italia o hacer lo que tú quieras, a la final, será tu plata, solo necesitamos tu firma.

¡Carroñeros! ¡Mamacita ni siquiera moría y ya se estaban repartiendo la casa! Y ahora me quieren meter en sus infamias. ¡Carajo, qué se han creído! Es cierto que hasta ahora mi vida ha sido una pendiente por la que subes dos pasos y bajas tres, una escalera al infinito que te lleva a un túnel negro sin salida. Pero no más: ¿saben qué, ñañitos? ¡dedo! ¡todo túnel siempre tiene una salida!

¡A tocar se ha dicho! ¡Esto es vida!


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