Raquel Huete, Lucía Arjona, Amparo Vazbel y Laura Cantillo son las mejores escritoras de la semana



UN PODER EXTRAORDINARIO

Raquel Huete


Sé que es difícil de creer, pero siento la ausencia de tus hijos como si fuera mía. Cuanto más tiempo pasa, mejor llego a comprender que el dolor de un vacío así, tan grande y tan profundo, no se pueda atajar de un día para otro; que tu herida quizás nunca llegue a cicatrizar del todo. Y lo mínimo que puede hacer un hombre al ver a su mujer sufriendo de este modo es compartir la carga de su angustia. Me lo digo cada noche mientras recogemos los platos de la cena, porque es entonces cuando pienso en lo que viene a continuación y es entonces cuando se me encoge el estómago.

En cuanto la cocina está limpia, sales al balcón. Yo me quedo en el salón observándote realizar tu ritual nocturno a través de la cristalera. Necesitas hacer esto a solas y yo entiendo que exijas tu espacio. Desde mi lugar, veo tu mirada tiñendo el cielo de tristeza mientras lanzas tu único deseo a la luna, el mismo deseo de siempre. Cierras los ojos. Tus manos frágiles se aferran a la barandilla como si esa muestra de desesperación fuera capaz de conmoverla. La luna, sin embargo, debe de tener otras muchas tragedias de las que ocuparse. O eso me dirás una vez te reúnas conmigo y me cuentes que te ha devuelto un gesto impasible. Contemplo con la misma impotencia de siempre como tus mejillas se humedecen. Nadie acude a apaciguar tus gritos sordos y, una noche más, terminan reverberando en los cristales que nos separan, ahogando el aliento de mi pecho. Solo me queda apretar la mandíbula y cerrar los puños. Pronto te retirarás a nuestro cuarto, cabizbaja. Tendrás suerte si logras dormirte al poco entre sollozos apagados.

Daría cualquier cosa por convertirme en esa luna mágica en la que depositas tus esperanzas. Si tuviera el poder de hacerte regresar a esos momentos en que sus caritas sonrosadas compensaban tu enojo por las manchas de pintura en las paredes, si tuviera el poder de regalarte todas esas obras de teatro de fin de curso que has tenido que perderte, si tuviera el poder de devolverte todas esas chiquilladas que a ratos te enojaban y a ratos te hacían explotar de risa, si tuviera el poder de regalarte los inocentes besos de azúcar con que sueñas cuando el llanto te vence en la cama… Pero, seamos sinceros: la luna solo tiene poderes en los cuentos de hadas. Así que ella no puede ayudarte y yo todavía menos; no como tú deseas.

Mientras me frustro pensando en los poderes que no tengo, hundes la cabeza entre tus brazos. Me doy cuenta de que tu llanto se ha agravado porque tus hombros empiezan a dar pequeñas sacudidas; la luz de una vela luchando contra el viento por no apagarse. «No, no te rindas», pienso mientras se me parte el alma. Pero tú te dejas caer al suelo deslizando las manos por los barrotes de hierro forjado. Y te quedas ahí agazapada, al amparo de tu soledad.

No puedo soportar verte sufrir de este modo, hoy tengo que salir a tu encuentro. Lo siento, pero si veo que te estás derrumbando ante mis ojos necesito acercarme. Hinco las rodillas junto a ti y te rodeo con mis brazos, estás temblando. Trato de calmarte sujetándote con más fuerza, rogándole a tu luna mágica que mi amor te reconforte. Aunque no crea en ella, el desaliento me obliga a seguir aferrándome a lo absurdo. Tu temblor empieza a remitir en cuestión de un minuto y nos quedamos así hasta que desaparece del todo; hasta que vuelvo a convencerte de que tu persistencia te hace única, capaz de salvar cualquier obstáculo.

En el instante en que tu respiración deja de oírse entrecortada, te separas de mi pecho para clavar tus ojos vidriosos y enrojecidos en los míos. No se me ocurre qué decirte, así que tan solo sonrío. Y, por primera vez en muchos meses, tu mirada se ilumina un ápice.

—Gracias por estar siempre ahí —me dices con un hilo de voz. Una tenue sonrisa asoma a tu rostro.

Mi corazón se aligera mientras exhalo un gran suspiro. Sé que no tengo el poder de devolverte a tus hijos. Pero al menos puedo hacer que tus labios dibujen una sonrisa cuando todo se derrumba a tu alrededor, ni que sea tímida, ni que sea por un instante. Y tengo la certeza de que, de entre todos los poderes no mágicos que jamás hubiera deseado, este es el más extraordinario.



 



LA LUZ DE SU ABRAZO

Lucía Arjona


Está atardeciendo y Velma, sentada con las piernas cruzadas en la loma del parque, perdida en el maravilloso espectáculo de un sol que se funde en el horizonte entre destellos dorados y rosas, ruega porque esta presión tan asfixiante en la boca de su estómago ceda y la deje respirar. Cierra los ojos y bucea entre sus recuerdos, tratando de buscar una pista que la guíe en aquella primera vez que lo sintió, veinte años atrás, cuando aún era una niña en el orfanato.

Velma, a pesar de las burlas de las niñas mayores por su carita pecosa y sus coletas pelirrojas, siempre fue una niña alegre. En el comedor, le gustaba sentarse cerca de la madre Otilia, la monja que las cuidaba en desayunos, comidas y cenas, una mujer cariñosa pero firme. Aquel día Velma no pudo desayunar su cacao caliente con picatostes, sentía el estómago cerrado y una fuerza dentro de ella que no comprendía muy bien. Asustada, se levantó del banco corrido en el que estaba y acudió en busca de su cuidadora con intención de pedir ayuda, cuando estuvo delante de ella, y la miró a los ojos, esa fuerza interior que tanto la confundía, estalló en la necesidad imperiosa de abrazarla fuerte, y lo hizo. Simplemente la abrazó, con infinita ternura y durante varios segundos, hasta que sintió que la madre Otilia, tensa en origen por la sorpresa de su gesto, respondió con su mano suave en la espalda, relajó sus músculos y suspiró. Con idéntica dulzura se separó de ella con una sonrisa en sus labios, el destello dorado de sus ojos color miel, brillantes y vivos, y comprobó que el nudo de su estómago y esa corriente que la inquietaba habían desaparecido. La mujer, conmovida, preguntó el porqué de ese gesto tan bonito, y ella respondió con su vocecita de cristal, que algo en su interior le dijo que lo necesitaba. La monja con los ojos muy abiertos, y una lágrima luchando por escapar de ellos, sólo pudo asentir con la cabeza, acariciar con delicadeza su carita de muñeca y pedirla que volviera a su sitio. Dos semanas después, la madre Otilia dejó de cuidarles en el comedor, su sustituta le explicó que había subido al cielo.

Las risas de un grupo de niñatos que preparan el botellón en los bancos más cercanos, devuelven a Velma al momento presente. La presión en su interior no ha desaparecido, al contrario, se torna más y más asfixiante. Intenta concentrarse, repasando mentalmente su lista de amigos y conocidos, intentando averiguar si al pensar en alguno de ellos, surge la necesidad imperiosa de llamarles, como ya le ha sucedido alguna vez, presintiendo en los peores momentos, como diagnósticos de enfermedades fulminantes o la pérdida de seres queridos, que necesitan de ella, de su presencia, aunque sea al otro lado de la línea telefónica si no puede acordar una cita para regalarles su abrazo. Incluso así, en la distancia, es capaz de hacerles llegar su luz, su paz. Se concentra más y más pero nada, no identifica a ninguno de ellos.

Se tumba sobre la superficie del césped, lo siente algo húmedo bajo su espalda. Sus bucles pelirrojos se mezclan con las briznas verdes de la hierba. La temperatura comienza a bajar, pero ella no quiere moverse de allí, no hasta averiguar quién la está llamando, reclamando su energía liberadora. Las farolas del parque comienzan a encenderse aunque aún queda algo de luz en el horizonte. Velma saca su móvil con intención de comprobar la hora, pero al poner delante de sus ojos la pantalla negra se encuentra con su reflejo, con sus propios ojos. Sus pulsaciones comienzan a acelerarse, la presión de su estómago sube ligeramente en intensidad, una corriente la recorre de los pies a la cabeza, siente que estalla en su interior de tal modo que se incorpora en un movimiento rápido y deja caer el móvil en su regazo.

Velma lo ve al fin. Se mira las manos, abraza sus rodillas despacio y apoya la cabeza sobre ellas. Cierra los ojos y respira profundamente, deja que la sensación de opresión vaya cediendo poco a poco y recibe a cambio, con cada respiración, un poquito más de paz, de su propia paz.



 



PROMÉTAME QUE NO DEJARÁ DE SONREÍR

Amparo Vazbel


“¿Quién demonios se ha sentado en mi banco?”, pensó contrariado Eduardo mientras se dirigía al lugar donde se sentaba todas las mañanas para leer el periódico. Era un hombre de costumbres, como correspondía a un militar jubilado.

—Buenos días— dijo con voz severa y gesto de fastidio.

—Buenos días—respondió la anciana con una sonrisa mientras calcetaba.

Eduardo extendió el periódico para leer primero las esquelas tapando con él la mitad de su cuerpo . Se escondía detrás de él porque así evitaba relacionarse. Eso mismo hacía en casa desde que su sobrina y su familia se fueron a vivir con él. Así no daba pie para conversaciones.

—Qué bonito día hace hoy—dijo la mujer con voz amable.

—Sí—respondió Eduardo mientras pensaba en cómo le irritaba el sonido de las agujas de tejer entrechocando.

—¿Y viene usted mucho por aquí?

Eduardo bajó un poco el periódico para mirar a aquella mujer que tenía tantas ganas de conversación.

—Sí—respondió con seriedad.

—Yo es la primera vez que vengo. A todo esto, me llamo Ascensión Solís. ¿Y usted?—le preguntó sin dejar de trabajar en su labor.

—Eduardo Suárez—respondió con un suspiro de resignación. Estaba visto que no iba a poder leer su periódico con tranquilidad.

Ascensión le contó que acababa de trasladarse a la casa de su hija. Antes vivía en el pueblo atendiendo a sus gallinas y su huerto, pero ahora los años le pesaban y ya no podía hacerse cargo de aquello.

Eduardo se resistió a aportar algo a la conversación. Respondía casi con monosílabos. Aún así, le pareció que la mañana había pasado rápidamente cuando vio que Ascensión recogía su calceta y se despedía. Tenía que preparar la comida porque su hija y su yerno trabajaban y no tenían tiempo para cocinar.

Eduardo se sintió distinto el resto del día. Su cara había abandonado el gesto malhumorado y tenso. Ni siquiera se enfadó cuando el hijo de su sobrina vertió el vaso de cacao sobre el periódico. Por la noche soñó con Ascensión, con aquella cara de abuela encantadora. Se levantó de buen humor.

—¿Está usted bien, tío?—preguntó su sobrina sorprendida por el cambio de actitud del hombre.

—Sí, claro— respondió disimulando una sonrisa mientras bebía el café frío porque se habían quedado sin butano. En otros momentos habría hecho manifiesta su cólera ante la falta de previsión por no haber pedido antes la bombona.

Salió hacia el parque, compró el periódico y se dirigió al banco esperando que Ascensión estuviese allí con su labor. Efectivamente, allí estaba ella. Se saludaron en cuanto cruzaron las miradas.

—Buenos días, Eduardo, qué elegante lo veo a usted.

—Sí, bueno, hay que cambiar de aspecto de vez en cuando—dijo Eduardo sorprendido de sí mismo. Se había puesto la ropa de ir a misa. Hasta se había echado el masaje caro que le había regalado su sobrina en su último cumpleaños con el dinero que les pasaba de su pensión.

Ya no hizo el gesto de extender el periódico. La charla con Ascensión resultó de lo más entretenida. Como todas las del aquel mes de septiembre. Poco a poco le abrió el corazón y le habló de sí mismo, de su ingreso en el ejército. El transcurrir de una vida rutinaria le había consumido el tiempo de manera que nunca había sentido la necesidad de formar su propia familia.

Ascensión, por su parte, le comentó cómo había sido su juventud y distintas anécdotas de los habitantes de su pueblo. El tiempo pasó volando.

—¿Qué está tejiendo ahí?—preguntó Eduardo.

—Una bufanda. Acabo de terminarla. Mire, se la voy a regalar. Y cuando se la ponga, prométame que no dejará de sonreír.

—Prometido—dijo él cogiendo la prenda.

—¡Uy, qué tarde! Van a llegar de trabajar y yo con la comida sin hacer. Nada, arreglo friendo unos huevos y unos chorizos. Hasta mañana.

Eduardo llegó feliz a casa. Su sobrina estaba preocupada. Le habían dejado un trozo de pizza que ya estaba fría. Eduardo pensaba en aquellos huevos con chorizo que estaría friendo Ascensión mientras él masticaba aquellos trozos gomosos de pan y queso fundido.

Aquel bocado asqueroso le dio gastroenteritis y lo mantuvo en casa durante dos días. Estaba nervioso por no poder explicar a Ascensión el motivo de su ausencia.

Ya recuperado, aquel día se levantó un poco antes para pasar por la floristería y comprar un ramo para Ascensión. Quería agradecerle lo de la bufanda. Compró el periódico y se fue al banco. Esperó con el ramo de flores entre las manos, la bufanda en el cuello y los ojos llenos de ilusión por el reencuentro.

Tardaba. No se le ocurrió abrir el periódico como hacía antes, por el final, por el lado de las esquelas.



 


EL SONIDO DE LAS CHICHARRAS

Laura Cantillo


María se dirigía a la habitación cuando la vio. Se detuvo en medio del pasillo, el corazón se le aceleró y sintió que un nudo le afloraba en la garganta.

—Sé que estás ahí. Aunque tenía la esperanza de que todavía no fueras a venir.

Los cabellos de la mujer se movieron cuando levantó su mirada arrugada hacia el rincón ensombrecido del pasillo. Esperó unos instantes, pero no obtuvo respuesta. Suspiró siendo consciente de que poco podía hacer ya. A pesar de que sabía que el encuentro se iba a producir en cualquier momento el frotar de sus manos hacía entrever que no estaba preparada. Había vuelto a ser abuela hacía poco y si cerraba los ojos podía oír el ruido del cotidiano en la parte de debajo de su casa, en donde su hija y su nuevo nieto jugaban.

—¿Cómo es que puedes sentirme?

—Quizá sea que a medida que me hago mayor te voy notando más cerca. Esta mañana he recordado cómo me tocaba por dentro el sonido de la chicharrera. El calor sofocante del verano y las briznas de trigo suplicar por un susurro del viento. Al abrir los ojos me he encontrado sola en la ducha, observando cómo el agua evocaba todo aquello y sintiendo una inevitable punzada en el pecho por todo lo dejado atrás. Quizá ha sido en ese preciso momento cuando he sabido que vendrías a buscarme —María suspiró—. Tengo miedo de lo que encontraré al otro lado. Echo de menos a mi Antonio, pero me quedaba la esperanza de que todavía pasaran algunos años más para reencontrarnos. Pobre Antonio, ojalá le hayas cuidado con amabilidad. Es verdad que era un poco cascarrabias, pero se echa de menos su presencia en casa —la dama volvió a mirar a aquella zona en penumbra—. No te puedo engañar, ¿verdad? Reconozcámoslo, era un cabrón y ojalá se esté arrepintiendo de todo lo que nos hizo sufrir a las niñas y a mí a lo largo de los años. Es un alivio no tener que oler su aliento a coñac por las tardes, ni escuchar sus improperios durante horas. Cuando te lo llevaste nos devolviste las risas y la calma en esta casa. Estábamos hartas de tener que soportar los veranos encerradas en aquella casa de campo sofocante a la que le gustaba ir. La verdad, espero que cuando me vaya contigo me dejes bien lejos de él para no aguantar sus manías. ¡Ay huesuda! Tenías que aparecer tan pronto. Ahora que me sentía joven y que mi familia crecía… ¿No podrías haber esperado un poquitito a que mis nietos fueran más grandes?

Otro suspiro cortó la conversación de la anciana. En la parte de debajo de la casa un ruido de cristales rotos distrajo por un segundo a la señora. Se quedó tranquila en el cuarto, sabiendo que su hija estaría cuidando de los niños y barriendo los destrozos. Además, no sabía si sería capaz de abandonar a su visita y salir indemne de aquella estancia.

—Así que, en cierto modo, pensaste que vendría.

La mujer sintió como el pecho le retumbaba con la voz de las tinieblas. Paladeó un regusto a tierra que poco a poco se fue diluyendo entre la dulzura de todo lo que había vivido.

—Quizá me sentía más nostálgica que antaño. Las dos sabemos que los huesos me duelen por dentro y que este padecer no lo cura ningún remedio —María se abrazó como si quisiera recoger en su regazo el paso de los años por su cuerpo, como si pudiera hacer un ramillete florido con éste y dejarlo posar en el aire—. Siento como cada parte de mí es reclamada por algo que me trasciende y cuando no es así, entro en momentos de éxtasis en los que los recuerdos me arrastran a momentos pasados. Puedo parecer una loca, pero sé que me estás llamando, aunque lo disimule.

—¿Quieres morir? —En la parte de abajo se escuchaba algo de jaleo. Pensó en lo mal colocada que había dejado ayer la escoba y que seguro que se había caído al intentar cogerla. Deseaba perderse en esos detalles y, así, aferrarse a los cabos de la vida.

—Me aterra el hecho, pero sé que es lo natural. Sólo… me hubiera gustado que hubieras venido dentro de más años. Qué ironía, con la de vida que he malgastado. Ojalá pudiera cambiar algunas cosas. Me encantaría que me dieras más plazo. Sé que puede sonar egoísta, pero me doy cuenta de las cosas que podría hacer y que ya no haré. Imagino que es algo que te dice todo el mundo. Incluso puedo figurarme que habrán intentado negociar contigo. Creo que podría disfrutar más del tiempo extra que tenga.

—María, lo cierto es que no es tu momento.

—¿En serio? —los ojos se le llenaron de lágrimas de alivio.

Una bocanada de aire en los pulmones, hizo consciente a la mujer de lo angustiada que había estado.

—Me sorprendió que fueras capaz de verme, cuando en realidad no había venido a por ti sino a por tu nieto, Juan.

María sintió como la boca se le secaba repentinamente y una punzada en el estómago le recorría.

—No, no, no, por favor, llévame a mí, llévame a mí. Sólo tiene unos días. No puedes hacer esto —la voz de la mujer estaba crispada ante la idea de perder a su pequeño.

—Espero que puedas aprovechar el tiempo que te queda.

La dama intentó correr hacia la sombra de la habitación, pero ésta se disolvió antes de que pudiera tocarla si quiera. Un silencio aterrador se instaló y segundos más tarde, el llanto desconsolado de un niño rompió la calma. María cerró los ojos deseando haberse encontrado con Antonio y el sonido incesante de las chicharras en verano.


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