Samuel Pena y Fátima Alonso son los ganadores de esta semana




En los tiempos que corren

Samuel Pena


La gente se queja de su trabajo, es uno de los principios inalterables de la realidad. Pero si supiesen lo que tengo que pasar yo, besarían al cascarrabias de su jefe cada vez que lo viesen. Trabajo como uno de los integrantes del cuadro “Les amants” y no, no soy uno de los amantes, soy la sábana.

Parece que cada uno tiene la suya propia, pero no es el caso, se trata de una única manta muy grande; de este modo se evitaban contratar a dos telas y a mí no me pagan las horas extra. Los vigilantes de seguridad son de lo más pedante, mientras estén mirando no se acaba mi turno. Los visitantes se pasan el día sacando fotitos que luego solo van a ver sus abuelas o fingiendo que entienden de lo que va el cuadro para hacerse los sofisticados.

Trabajo cada día, sin horarios ni vacaciones, en unas circunstancias horribles y nadie reconoce mi esfuerzo; vamos, lo que es ser autónomo de toda la vida. Sin embargo, ninguna de esas cosas es lo peor (ni siquiera hacer la declaración de la renta sin pulgares oponibles), lo que no soporto son las babas de estos dos imbéciles.

Tendría que haberle hecho caso a mi madre y estudiar una ciencia. Aunque claro, mi primo tiene cuatro carreras, además está especializado en neurobiología; y ahí lo ves, de mantel de un McDonalds. Pero no, yo tenía que ser el listo de la familia y meterme a artes. ¡Qué asco!, ya están otra vez besándose, debe haberse acercado un turista.

Joder, ¿cuánto hace que no se lavan los dientes? Huelen como los pies de un atleta. Venga hombre, ahora meten lengua, que asco. Tú imagínate que cada día laboral, dos personas que salivan mucho empiezan a lamerte. Al menos cobro bien, tres euros al mes, para los tiempos que corren no está nada mal. Aunque claro, ¿de qué me sirven si no tengo tiempo a gastarlos nunca?

¡Ay! Pero será bruto, que el tío acaba de intentar morderle el labio. Vamos a ver, que estoy yo en medio, estos dos tienen la inteligencia justa para no cagarse encima. Lo que hay que aguantar.

“Ay, que cuadro tan bonito” dicen todos, “qué forma tan original de representar un amor prohibido” paparruchas. Lo que representa esta pintura es al típico cerdo que no lava nunca las sábanas de su cama y luego se pregunta por qué las chicas no vuelven.

¡Me cago en las moiras! Que la guarra esta acaba de echar un lapo. A tomar por culo, los fetiches a tu casa. Que me despidan si hace falta, yo me voy a liar a hostias. Que no te escapes, venga trae el cuello aquí que te ahorco, y de paso me escurro vuestras babas. Ala, esta ya está muerta, ¿dónde se ha ido el señor mordiscos? Que se ha salido del cuadro, pero será posible.

¡Quita de ahí, turista! Tengo que arreglar asuntos de empresa… Míralo, ahí va, ¿está hablando con un policía? Es que no se puede ser más corto, ¿qué va a decir? ¿”Me está atacando una sábana frustrada con su trabajo”? Cómo se nota que ha entrado porque es hijo de la jefa.

¿Ves? Es que el policía se lo ha llevado, estaba claro. Venga, que vaya bien Mordiscos, yo me voy a vivir la gran vida.


 


Maldito cuadro

Fátima Alonso


Ustedes no saben lo que es pasarse siete horas al día delante de ese cuadro. No tienen ni idea. Esa pintura está maldita, se lo digo yo.

He visto personas detenidas frente a ese retrato, si es que puede llamarse así, durante diez, quince, veinte minutos, como hipnotizados. Hace unos días le ocurrió esto que les digo a una mujer, de esas que van vestidas de negro de la cabeza a los pies. La estuve observando durante un buen rato y a punto estuve de levantarme y preguntarle si le ocurría algo. Iba a hacerlo cuando se giró y vi que llevaba un velo de esos que cubren toda la cara y tienen una rejilla en la zona de los ojos. Juraría que estaba llorando, aunque no pude ver su rostro.

A quien sí que vi llorar hace un par de días fue a un hombre. Llevaba de la mano a una niña de unos seis o siete años. Pues lo mismo, oiga, se quedó clavado a unos metros del cuadro y, al cabo de un par de minutos, vi desde mi puesto cómo sus hombros comenzaban a agitarse y se cubría la boca con la mano libre intentando controlar sus sollozos, mientras la pobre niña tiraba de su brazo pidiéndole que dejase de llorar. Me dije “A este le han puesto unos cuernos como una catedral y la torva se ha largado con el amante. O, lo que es peor, se le ha muerto la mujer, dejándole solo con esa criatura.” Cuando le acerqué un vaso de agua y vi esa mirada tan triste en sus ojos, me coloqué a su lado y le puse una mano en el hombro, hasta que se calmó un poco y su cuerpo dejó de temblar. Luego, los tres nos quedamos un rato en silencio mirando a los amantes, hasta que la niña dijo que tenía hambre y se marcharon.

¿Conocen ustedes la historia del autor del cuadro? Yo la he oído cientos de veces durante los doce años que llevo trabajando en este museo; los guías siempre cuentan lo mismo. Dicen que su madre se suicidó cuando el tal Magritte no era más que un adolescente y que, cuando sacaron su cuerpo del río, tenía el rostro cubierto por el camisón. Parece que esa imagen se quedó grabada en su mente. Y no me extraña nada, se lo juro, porque yo, últimamente hasta sueño con ella. Y con este cuadro. Y no es por justificarme, pero ya le digo yo a ustedes que me estoy volviendo loco. No es fácil ser testigo, durante treinta y cinco horas

a la semana, del dolor ajeno. Dicen que los psiquiatras acaban todos medio

trastornados y no me extraña nada, oiga. Y yo no sé qué tendrá este cuadro. A

veces pienso que el dolor que sintió el artista al pintarlo traspasa el lienzo y

despierta la pena en los que lo miramos.

A ella también la conocí aquí. También se paró delante de “Los Amantes” y

comenzó a sollozar de una manera que parecía que no había consuelo para su

dolor. Poco tiempo después comencé a contratar sus servicios. Y más por pena

que por otra cosa, ¿eh? No he conocido una mujer más triste en mi vida. No sé

si sería por eso que le gustaba que le atase las manos al cabecero de la cama y

que le diese un par de bofetadas mientras lo hacíamos. Es más, yo intentaba

cortarme y tratarla con cariño, pero era ella la que me lo exigía, gritando e

insultándome para provocar mi ira. Me da a mí que se había llevado más de una

paliza a lo largo de su vida, aunque nunca quiso contarme nada.

La otra tarde, cuando llegué a su casa, acababa de salir de la ducha. Llevaba el

pelo envuelto en una toalla, como un turbante de esos que se ponen las mujeres.

Bueno, pues enseguida empezó a provocarme. Tenía ganas de que le hiciese

daño. Me decía que le apretara más fuerte las cuerdas y luego empezó a

suplicarme que le tapase la cara mientras la penetraba y yo cogí lo que tenía

más a mano, la toalla, que había dejado sobre la almohada, y entonces entendí

lo que me estaba pidiendo y la imagen de este cuadro maldito se adueñó de mi

mente.

Así fue. Si no, a ver de qué hubiera hecho yo lo que hice, si jamás he hecho daño

a una mosca. Les juro que fue sin querer. Se me fue de las manos, oiga. Pero,

si les digo la verdad, no sé si me arrepiento. Esa mujer sufría demasiado. Lo que

les decía; ese cuadro me está volviendo loco, agente.


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