Samuel Pena y Juan Arriaz son los ganadores de esta semana





Fauces

Samuel Pena


Una vez más, me veo envuelto entre sus garras, frías y afiladas. Mis pequeñas manos no pueden hacer nada contra el Dragón. Repite el proceso que ya conozco tan bien, me introduce en sus fauces, húmedas y oscuras. Siento como sus colmillos me perforan, percibo mi sangre brotar, pero cuando me escupe vuelvo a estar bien.

Hay días en los que creo que me habla.

No tengo idea de por qué estoy en este lugar. En los 17 años que llevo en este mundo, lo único que conozco es a la bestia y la ventana; a través de la que se cuela la luz, burlona, pues sabe que no puedo alcanzarla. Durante el día, el Dragón me engulle a cada hora, como un verdugo lleno de vocación. En las tinieblas de la noche la bestia me deja en paz, pero no puedo descansar, su respiración inunda el lugar, y temo que se despierte con hambre.

En ocasiones ya no estoy junto al Dragón, pero no estoy seguro de lo que ocurre a mi alrededor, así que no hay mucha diferencia. En los momentos en los que me separo de él, me devora el tiempo suficiente para “terminar el trabajo atrasado”. Puede que yo sea el culpable, tal vez hice algo muy malo que mi mente no puede discernir, quizás el Dragón es bueno, ¿y si me lo merezco?

Esa idea inunda mi pensar con fuerza arrolladora, mi pavor se transforma paulatinamente en respeto. Se ha dado cuenta, ahora ya no solo penetra con sus dientes en mi cuerpo, me abrasa con su aliento ígneo, me aplasta con su fuerza colosal… Ya no sé si me he ganado esta tortura, pero me da igual, no la quiero.

Me mantengo observándolo y él a mí, su expresión se vuelve más macabra cuando se aproxima el momento de su comida. En sus ojos serpentinos se vislumbra una llama de deseo cruel, enfermo, putrefacto… No sé qué puede ver la criatura en los míos, tal vez impotencia, asfixiante, que me aprisiona sin posibilidad de escape.

Una vez más, me veo envuelto entre sus garras, frías y afiladas. Tiemblo, sudores fríos resbalan por mi espalda, mis ojos empiezan a ver borroso. Hay agua en ellos, que desciende por mis mejillas hasta llegar a mi boca, es salada. Gritos y sonidos que no sé nombrar se escapan de mi garganta, quiero salir… ¡Quiero salir!

Se detiene sorprendido, creo que no comprende lo que pasa. Me deja en el suelo, y me mira con fastidio. Incluso si no entiende de qué se trata mi reacción, la aborrece. Me golpea con su zarpa, y me lanza lejos. No aguanto más. Agarro un jarrón; no tengo idea del motivo por el que está ahí, o porqué sé lo que es, y lo lanzo contra su cara.

Una luz cálida me desborda, la ventana… Cuando separo mis párpados veo a mi padre... al Dragón… en el suelo, con la cabeza sangrante, cortada por el cristal. Está muerto. Mi llanto (al fin sé lo qué es) cesa, dando paso a la serenidad absoluta. Ignoro el rojo que se extiende por el suelo y me marcho, no estoy seguro de adónde me dirijo.

Mis pies me llevan a un parque, donde la risa de los niños balsámica, penetra en mis oídos, combinada con el bullir del viento me hacen verlo claro. Sí, he matado a mi padre, y sí, estoy feliz con ello.







Amor de lobo

Juan Arriaz


Esa tarde pedalea con más energía. Barrunta tormenta y quiere acelerar el viaje de ida y vuelta a casa de su abuela. Desde hace un tiempo ella le lleva la compra cada dos o tres días. Es un paseo agradable, de unos 30 kilómetros en total, por una carretera sinuosa entre colinas y bosques. Adora a su abuela, una mujer dura que se resiste a abandonar el pueblo que la vio nacer: la última habitante del lugar.

—Joder —masculla mientras observa como la rueda delantera pierde presión. Pinchazo.

Observa el cielo encapotado e inicia las tareas para cambiar la cámara con premura. El ruido de un motor precede a un Land Rover decrépito. Ella observa el vehículo que se acerca por el rabillo del ojo. El coche decelera y se detiene a unos metros. Bajan dos tipos, cazadores.

—Hola señorita ¿Qué tal? —saluda uno de ellos tras una enorme barriga cubierta por un chaleco de camuflaje verde.

—Bien, gracias —contesta con frialdad sin abandonar su trabajo.

—¿A dónde vas guapa? —pregunta el otro, cejijunto y de dientes tiznados de sarro.

—No es asunto tuyo — responde ella mientras se incorpora y sospesa la rueda.

Ellos se miran y sonríen.

—Vaya, vaya con la chica… —indica el primero sin apartar la mirada de las trabajadas piernas de la ciclista, cubiertas con una malla roja.

—¿Cómo te llamas? —insiste el otro.

Ella intuye la excitación salvaje en los cuatro ojos que la observan. Su cerebro en alerta potencia los sentidos. Ve piedras, ve ramas, nota el silencio del bosque protector, siente sus piernas dispuestas a la carrera. Percibe la humedad y el mal olor de los tipos.

—No te importa —contesta mirando con desprecio a los ojos.

El del chaleco echa mano al hombro de la chica. Esta gira con rapidez, evitando el toque y golpea el costado que ha dejado libre. La capa de grasa amortigua el impacto. El otro la agarra del pelo.

—Ven aquí puta y compórtate como una mujer como Dios manda —berrea.

—Tu puta madre —afirma ella.

Con velocidad engancha la muñeca del que la apresa y asesta un mordisco. El tipo aúlla y suelta. La chica corre hacia el bosque.

—Puta —grita el gordo mientras vuelve al coche y pilla las escopetas.

Le pasa una al compañero y emprenden la marcha tras la presa. Ella lamenta haberse puesto mallas rojas, un faro en el bosque.

La persecución dura poco. El calzado de ciclista no es el más adecuado para correr por los campos. Se estrella con fuerza contra el suelo. Escucha risas y un disparo. Mareada se arrastra hasta un árbol cercano. Nota las manos de uno en su pantorrilla. La chica abre mucho los ojos buscando algo con qué defenderse. Patalea pero el otro cazador se suma a la presa.

—Te vas a enterar zorra de lo que es un hombre.

—No serás tú —escuchan los tres.

Es una voz profunda que recuerda un gruñido.

—¿Quién ha dicho eso? —pregunta uno.

—La hostia, mira —dice el otro señalando en cierta dirección.

—Santo cielo —susurra ella mirando también.

Allí hay un humanoide con todo el cuerpo cubierto de pelo, entre negro y parduzco. Una cabeza enorme con ojos inyectados en sangre los observa. Donde manos y pies, sólo hay garras y donde la boca un montón de dientes, blancos y afilados. La criatura se pone a cuatro patas y en un par de saltos supera los casi 30 metros que le separan del grupo. Con la misma garra decapita a uno y despanzurra al otro.

—Vaya, te he manchado un poco de sangre —indica el ser peludo.

Ella lo escruta: huele a tierra húmeda y hojas en descomposición. Cae inconsciente.

La chica despierta junto a la bici. Anochece pero aún no llueve. Ve el Land Rover y el corazón se acelera. Observa en rededor. Nada. Escucha, silencio. Se mira, cubierta de sangre. Acelera el cambio de rueda. Decide continuar a casa de su abuela y hacer noche: mejor que volver a la suya y cruzarse con gente.

La abuela abre la puerta y observa atenta. Del interior se escapa un agradable calor, leña quemada y maravillosa cena.

—¿Estás bien hija? —pregunta con una sonrisa.

—Bueno… mírame, no te lo vas a creer…

—Pasa cariño, tenemos que hablar —la abuela la precede y deja ver una mata de pelo entre negro y parduzco que cae de su nuca —tú sí que no lo vas a creer, mi pequeña.


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