Samuel Pena y Mari Otero son los mejores escritores de la semana



APOLOGÍA DE UN CALEIDOSCOPIO

Samuel Pena


Soy humano. Eso es todo lo que se puede decir de mí. Mi existencia se limita al simple hecho de respirar, e incluso a veces eso es una odisea. No entiendo qué ocurre a mi alrededor. El tiempo pasa, la vida se esfuma, mientras yo solo puedo agonizar. Me levanto cada día por una dichosa inercia, hago lo que tengo que hacer y vuelvo a dormir. Es un ciclo sin fin, una rueda tortuosa que no acabará.

Tu visión está distorsionada, dicen, es pura química, necesitas aprender a quererte, dicen. No. Están equivocados. El psiquiatra y el psicólogo. Los dos. No son más que ilusos, que mentirosos crueles que piensan que entiende lo que ocurre en el terrible calabozo que llevo por mente. ¿Cuándo me voy a curar? Me gustaba preguntar una y otra vez, buscaba que la respuesta cambiase, que por una vez me dijesen que mi cuerpo no era un error. Que, por una vez, esta despiadada enfermedad no fuese eterna. No hay un dolor más grande en este mundo que saber que eres de aquellos que no se pueden curar. Saber que padeces el tipo de depresión clínica que es innata e irrevocable, que estás mal hecho, que tú mismo ser atenta contra ti.

Y como soy un fallo, quizás, solo quizás, puedo fallarle al mundo una vez más. No puedo más que respirar, pero estoy harto de hacerlo. ¿La vida importa? Otra mentira. Lo que importa permanece. Si fuese de verdad relevante, si mi existencia tuviese el más mínimo valor, ¿por qué puedo hacerla desaparecer si ahora muevo el dedo hacia atrás?

Con la medicación, aunque sea duro, saldrás de las sombras, aseguran. Mentiras, patrañas. Verborrea atroz que me llena de esperanza, que me alza para luego lanzarme al fango cuando me encuentro con la realidad. Ni siquiera estoy rodeado de oscuridad: el mundo es un caleidoscopio. Las formas se desdibujan, la luz consume mis retinas cansadas, los colores saturan mi entendimiento. Es demasiado, dentro de un caleidoscopio tan esperpéntico todo es demasiado. No puedo procesar la realidad. Cada golpe en el meñique del pie, cada vez que alguien me mira mal, cada tono seco, cada palabra mal escogida me detienen. Me imposibilitan, empiezan a centrifugar dentro de mí durante días, semanas. Las emociones gritan, y sus chillidos reverberan en este caos, en este caleidoscopio.

Un gesto. Boom. Todo terminaría como empezó: de la nada, sin un motivo particular, tan solo porque sí. Se acabará. Si acciono este gatillo, si disparo, si la bala destroza mi cráneo y taladra mi cerebro, me desvaneceré. Los gritos reverberantes se acallarán al fin. Esta maldita saturación, este destello policromático que abrasa mis pupilas se irá. Me siento tentado, aunque el miedo a la muerte ha frenado cada uno de mis intentos. Porque en el fondo no soy más que un cobarde.

¿Alguien recuerda la vez que llamé “mamá” a la profesora en 2º de la ESO? No, solo yo. Porque sé lo que vino después, sé que al llegar a casa puse las manos alrededor de mi cuello buscando borrar la vergüenza ¿A alguien le importó cuando pronuncié mal la palabra unbelievable en el examen oral de inglés en 1º de BAC? Por supuesto que no. Tan solo yo sé que esa noche rocé con las cuchillas de afeitar mi brazo. Jugaba con la idea, jugaba con la paz que me traería sin tener el valor suficiente para dar el paso. Soy el único que puede comprender cuán grandes son esas memeces. Aún las rememoro en noches de insomnio aleatorias, en las que cada fallo del pasado me acosa. Recuerdo las risas, las carcajadas. Recuerdo los gestos, las miradas. Recuerdo el odio en cada acción, recuerdo cuánto me odié yo.

No pude conseguir trabajo al terminar la carrera. ¿El paro? No, no fue culpa de la economía, fue mía. Por ser un inútil, por ser un humano que respira, solo un humano que respira que no logra más que consumir el oxígeno de alguien más digno. Así que soy un fracaso. Un fallo, una mancha en el historial de la creación, un juguete que se creó roto, una partitura sin canción. Soy un personaje secundario en mi propia vida. Soy un pusilánime que llora, que solloza porque no puede lidiar con los horrores de la luz caleidoscópica. Tan insignificante soy, que carezco de la fuerza necesaria para abrazar el final.

Pero, oye, tal vez tengan razón. Puede que, por una vez, los mentirosos hayan dicho la verdad. Mi visión está distorsionada, es pura química, instinto. Así que no permitiré que mi cuerpo juegue conmigo, que siga haciéndome daño. Se acabó. Todo cambiará. Porque no pienso tolerar que mi cuerpo me impida hacer lo que quiero: Boom. Voy a salir de este caleidoscopio.


 


PROXIMIDADES

Mari Otero


Ir en tren es una de las cosas que más me jode en el mundo.

Nada más sentarme, solo he podido comerme la cabeza con quién me iba a tocar al lado: ¿El que ronca? ¿El que mastica con la boca a abierta? ¿El que habla por teléfono todo el puto viaje? ¿El que va al baño cada dos minutos y te hace levantarte si no te toca ventana? Y a la vez que me pregunto todas estas mierdas, me encuentro aquí, en mi asiento, parado y expectante.

Mientras tanto, todos se suben en la parada de Madrid - Chamartín y van comprobando con la mirada perdida cuál es su sitio. De momento, voy solo en un asiento doble y, esta vez, he tenido la brillante idea de elegir el que da a la ventana. Pero sé que mi suerte no durará mucho cuando veo como no deja de llegar gente en avalancha.

Rezo y no creo en Dios. Rezo para que una de esas miradas no se detenga en el asiento de al lado. Todos pasan, pasan y pasan, y de verdad pienso que me voy a librar. Lo creo hasta que una chica con un moño muy alto y una enorme maleta roja, acompañada de un maletín negro, se aproxima a mí con torpeza. Parece que no hubiese cogido un tren en su vida.

Se para justo enfrente y mira por encima de mi cabeza, seguramente al código de los asientos. Y sin parecer muy convencida, deja el maletín en su sitio y luego hace unos cuantos aspavientos para intentar subir la maleta al portaequipaje de la parte superior, cargándola por encima de su cabeza. Cuando veo que el desastre se avecina, me levanto de un salto y agarro la maleta para que no se abra la cabeza. Lo que me faltaba es un reguero de sangre a mi lado.

—Ay, muchas gracias —me dice con voz repelente de niña buena, mientras ambos hacemos fuerza para subirla— Pensé que se me caía —Se ríe.

Ni puta gracia que me hace. ¿Y qué hostias llevará aquí que pesa como un muerto? Mujeres… Hay que joderse. Llevan maletas para que otros las carguen.

Subo el mentón, en modo de respuesta y, sin decir nada, ocupo mi asiento.

Ella hace lo mismo, se quita el abrigo y saca del maletín un ordenador portátil que coloca en la mesa plegable. Después, da una lazada a un pañuelo muy choni que lleva en la cabeza y se coloca unos cascos inalámbricos que quedan ocultos bajo él. Al rato, sacude sus manos mientras mira la pantalla, en una especie de ritual chungo, antes de empezar a escribir como poseída.

El tiempo se vuelve una pesadez con el maldito tecleo. Me hierve la sangre. Después de minutos y minutos escuchando los porrazos que le mete a las teclas, mis ojos se desvían a su pantalla para ver qué narices hace con su vida. Tiene un Word abierto y en la parte superior aparece en grande: CAPÍTULO 22.

Vaya, pero ¿qué cojones…?¿La gente sigue escribiendo? Yo pensaba que eso solo lo hacían los locos. Aunque esta tiene pinta de zumbada, como poco. Y sin querer, me descubro paseando la vista por el documento, empezando a poner atención a sus palabras: Los sentimientos no tienen definición. Quizá el querer ponerlos nombre fue lo que nos sepultó. Empezamos acabados y acabamos sabiendo que nunca podríamos tener un principio…

Justo entonces veo cómo abre una pestaña de internet y va a YouTube para buscar una canción. Qué oportuna la aporrea-teclas, ahora que me estaba descojonando un rato con sus mierdas sobre amor. Se creerá que alguien va a leer esa basura infumable.

Aprovecho el momento para resoplar, a ver si se da cuenta entre canción y canción de que me molesta su matraca. Noto cómo gira la cabeza levemente y sus ojos cambian; parece que fuesen a lanzarme millones de rayos láser para desintegrarme. Al rato, deja de mirarme y elige una canción que la conocerán en su casa.

Después, abre el documento de Word, y sigue con lo suyo, aporreando más las teclas; tanto que creo que van a salir disparadas. Y aunque me dan ganas de matarla, sin querer, mis putos ojos desobedientes vuelven a sus cursiladas. Me sorprendo leyéndolo todo, a su ritmo, a medida que lo escribe.

Entonces, cuando lleva varios párrafos, comienza a borrar y escribir sin parar. Está vez, es ella la que resopla. Se queda parada y da un par de veces a la barra espaciadora. Después, empieza un nuevo párrafo sin acabar el anterior: ¡Chico! Sí, tú, chico, el de mi izquierda. —Me quedo paralizado— Para molestarte tanto lo que hago, bien que me lees… Si vas a hacerlo, por lo menos, deja de resoplar, anda. Leer de mala leche es malo para la salud.

Me giro despacio y la miro con la cara desencajada.

Ella ya me está clavando sus ojos con una sonrisa burlona.


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