Segundo fin de semana de marzo, por Alex Casas.



Me faltas tú con la misma intensidad que me sobran las reuniones del consejo escolar, o las comidas del domingo en casa de mis suegros. Aquí sigo, en nuestra habitación, en esta espera que se prolonga cada vez más hasta este momento en que las sábanas que me cubren y mi cuerpo que estrena lencería de encaje te reclaman.

Nunca me hizo falta la verdad. No he querido saber cómo es tu vida, siempre he preferido imaginarla. No quiero poner rostros ni nombres a los que quedan tocados por esta traición, los tuyos y los míos. Todo lo que ha ocurrido en esta habitación, este incendio controlado contenido en cuatro paredes, fuera de aquí acabaría arrasando todo el entorno.

No me siento orgullosa y a la vez no me falta voluntad para hacer esto. Te he construido a partir de pequeños detalles que se han ido desvelando en nuestros encuentros. Como esa vez que estábamos abrazados en la cama viendo un canal musical cantándo las canciones que ponían sin vergüenza ni sentido de la afinación. De repente apareció Bryan Adams en la pantalla y te pusiste a cantar “Run to you”, con una emoción y conocimiento digna de un auténtico fan. A mí Bryan Adams nunca me llamó la atención y, desde esa vez, “Run to you” es la banda sonora que me salva entre el ajetreo de dejar los niños y conducir hasta el trabajo a tiempo. Agarrada al volante canto a pleno pulmón como si quisiera escapar de los indomables horarios y de un calendario que me aleja cada vez más de ti.

No tengo nada tuyo. No hay fotos, ni obsequios, ni números de teléfonos, ni direcciones de mail. Ni siquiera podría asegurar que el nombre que me diste la noche que nos conocimos, en mi despedida de soltera y que grité agarrada a tu carne, sea el verdadero. La única certeza desprendida en nuestros espaciados contactos son gestos y frases que se instalan con fuerza en mi interior y qué jamás seré capaz de desalojar. Como la vez que me quejé de tener los muslos anchos mientras me contemplaba en el espejo, y te acercaste por mi espalda posando tu mano en uno de ellos e iniciaste una caricia ascendente mientras me decías: “El muslo fino nunca ha sostenido nada relevante”. Cada vez que contemplo mis muslos desnudos tu frase resuena en mí y puedo sentir tu mano.

Me paso la vida teniendo conversaciones imaginarias contigo. Mientras afuera de mi cabeza suenan voces corrientes que piden y piden; mamá esto, cariño lo otro, mírame el expediente del inventario del año pasado; dentro permanecen nuestras voces enredadas en diálogos y risas. Entre nosotros no hay discusiones, ni carros de la compra o multas de aparcamiento. Hay recuerdos de sábanas blancas, acumulación de besos y gemidos para resistir año tras año.

Este acto sin nombre me devuelve cada año a esta misma habitación, en la que espero a alguien que amo tanto como lo desconozco, desde hace catorce años. Alguien sin envoltorio. Alguien para soñarlo perfecto. Sin dar tiempo a esas decepciones y pequeños rencores que infectan las raíces de todo amor.

Recuerdo constantemente tu voz en esa primera noche en un abrazo final que no deseábamos agotar: “Te propongo un pacto, te espero aquí, el año que viene, el segundo fin de semana de marzo, en el mismo hotel, en la misma habitación. Lo repetimos cada año y si uno de los dos no se presenta el año siguiente se acaba todo”. Me pareció una locura y al año siguiente me di cuenta que estaba loca. No supe parar. No quise.

Aquí sigo, en nuestra habitación, en esta espera que se prolonga cada vez más hasta este momento en que las sabanas que me cubren y mi cuerpo que estrena lencería de encaje te reclaman. Tres años después de tu primera ausencia.


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