Teresa Olalla, Juan Arriaz y Azel Highwind ganan el desafío de la semana



VESTIDA DE MAR

Teresa Olalla


Ahí está, como cada tarde sentada en la arena, escribiendo en su libreta hasta que la marea sube y le moja los pies. Cada tarde la observo, cada tarde me pregunto qué escribirá.

Hoy el cielo barrunta algo malo. Lo sé. Está gris claro, casi blanco. Será que me siento más cansada y sola, que este tratamiento que dicen que me va a curar me está matando esta tarde un poco más. Quisiera descansar, reponer fuerzas, bajar a la playa, sentarme a su lado y escribir como hacía antes. Tal vez leernos nuestros poemas. Ojalá el dolor me dejara descansar. Ojalá el cielo estuviera azul.

Las olas están a punto de alcanzarla. Se levanta. Qué raro, no suele hacerlo hasta que la espuma del mar la moja. Se queda mirando al agua como la miro yo, sin moverse. La marea va subiendo con esa cadencia de tango que te atrapa poco a poco. No se da la vuelta y se marcha como otras tardes. Es extraño. Da unos pasos hasta que el agua le cubre las rodillas. Abre su libreta, comienza a arrancar hojas y lanzarlas al mar. «No» protesto en mi dormitorio como si pudiera oírme. No quiero, no quiero que se pierdan esas hojas. Quiero saber qué hay escritas en ellas.

Se adentra más, se moja hasta la cintura. Sigue con su locura, arrancando hoja tras hoja hasta que acaba con la libreta que lanza tan lejos como puede. Me levanto de mi butaca. Siento cómo las piernas flojean. Da igual, me acerco a la ventana. Doy golpes. «¿Qué haces?» No pestañeo, espero a que reaccione, debe recuperar lo que ha escrito. No lo hace. «¡Ayuda!» grito. No hay nadie en casa, quién me va a ayudar. Nunca hay nadie, aunque estén. No las rescata. Tengo que ser yo. No hay otra solución. Me duele todo, incluso el pecho que ya no tengo me duele.

Si me ve alguien saliendo en camisón pensarán que estoy loca, me da igual. Tengo que recuperar esas hojas. Trato de correr. Caigo en la cuesta. Maldito pueblo empinado. Da igual este dolor en el glúteo, es insignificante comparado con el dolor que me provoca esta enfermedad, más que en el cuerpo en el alma. Corro. Lo consigo, llego a la playa.

No la veo. La busco desesperada. Tengo que salvar esos escritos. Llego a la arena. Las olas han borrado sus huellas. Pronto borrarán las mías. Nada quedará de lo que fui, unos cuantos poemas que nadie leerá y los que quedaron sin terminar. Mis ojos hacen un gran esfuerzo por buscar al menos una hoja flotando en el agua. No ven nada. No veo nada. El agua está fría. Cómo se ha podido meter sin hacer gesto alguno.

Me meto hasta la cintura. El frío me corta la respiración. No la veo, no veo las hojas de la libreta. Me giro hacia la playa. Noto una fuerza helada que me empuja. Una ola me revuelca. Me siento mareada, desorientada, la boca me sabe a mar y cuando logro respirar noto que el agua me sale por la nariz. Me tropiezo con mis propios pies, trato de guardar el equilibrio mientras toso. Salitre, mocos, agua, lágrimas, todo se confunde en mi cara. Me limpio con la manga del camisón. Me giro hacia el horizonte. El cielo barrunta algo, cada vez está más blanco. No están. Lo hago. Me zambullo como cuando era una cría. La sal me escuece en los ojos. No los cierro, tengo que encontrarlas. Buceo hacia la profundidad. Sí, sí, parece que veo algo. Una hoja, es una hoja. Buceo hasta ella. Veo más. No es posible y, sin embargo, es real. Cinco sirenitas me llaman. Voy con ellas como en un sueño, vestida de mar. Una de ellas me tiende la mano. En la otra tiene una libreta. El frío ha desaparecido. Como el dolor, el del cuerpo también. La soledad de estos meses se evapora. La profunda herida que me ha perseguido durante años se cierra. Fosforescentes caballos de mar me hacen una ronda de bienvenida. La sirena me coge de la mano y me entrega la libreta llena de páginas en blanco. Podré volver a escribir poemas llenos del dolor y la soledad que he dejado en la superficie.


El cielo conoce lo que mi alma anhela

El descanso, las palabras y el mar…



 



LA CITA DE ANTONIO

Juan Arriaz


Cuando Antonio Pérez escuchó la notificación del móvil no pensó en una cita. Pensó que, de nuevo, el vecino del bajo se quejaba del olor que salía de su casa. Pero era una cita. De una web que no visitaba desde hacía varios meses. Así que dando brincos se reubicó en la cama, mordió un trozo de pizza que había junto a la almohada y atendió con sonrisa inocente el mensaje.

—¡Qué ojos!¡Qué pechos! ¡Qué pelo! —exclamó devorando la foto de la mujer que se había interesado por su perfil— ¡Por fin alguien a mi altura!

Veloz se incorporó, atropelló el mando de la Xbox en el suelo y le crujió una rodilla. Le dio igual, inició unos giros sobre sí mismo a modo de baile.

«Ocho de la tarde en el bar La Cuadra, ¿ok?». Leyó en el mensaje y confirmó con un simple «vale», porque el temblor de sus manos no permitía más.

— ¡Pero si son las siete! —gritó al mirar la hora.

Corrió al armario. Esquivó los obstáculos en su camino: latas de refresco, botellas de agua, papel higiénico amarillento, reseco. Se escurrió con los restos del pienso que su fallecido gato Manolo dejó como recuerdo de su paso por la vida.

Rebuscó. Encontró el abrigo que le había regalado su tío antes de salir de viaje a la URSS. Vio unos vaqueros azules que le había prestado su único y último amigo hace años. Y varias bolsas con ropa de mujer. Todo sucio. Alzó un labio e hizo un puchero, una lágrima recorrió su moflete derecho.

—¡Madre mía!¿Y ahora qué hago?—sollozó con las manos cubriendo sus ojos

—¿Me has llamado «Tonito»? —preguntó una voz a medio camino de una chicharra veraniega y el graznido de una ventana vieja al abrirse.

—No, madre, cosas mías. ¡Déjame en paz! —gritó él alzando su blanco brazo. Unos molletes bajo los codos danzaron al son del gesto.

—¿Te casas ya?¿Te hago la cena? —continuó ella ajena a la conversación.

—¡Que te pires! —respondió Tonito dando un gran pisotón al suelo, mientras barruntaba una idea.

Porque allí, colgado de una percha en la puerta, estaba la solución a sus problemas. Su chándal. Casi perfecto. Acorde a su talla, bastante limpio y casi nuevo; como apenas salía, apenas se gastaba.

Urdió un plan: le diría a la chica que venía directo del trabajo a la cita.

—¡Y por eso no he podido arreglarme!— se dijo con gesto triunfal y miró su reflejo en el espejo del dormitorio.

Metió barriga y sacó pecho. Luego se giró hacia el póster de Samantha Fox y echó mano a su pene.

—¡Esta tiene nueva dueña! —escupió al póster.

Entrecerró los ojos y se sentó en la cama alternando su mirada entre el chándal y el espejo.

—¿Y en qué trabajo? —preguntó a su reflejo.

Abrió una bolsa de maíz frito de 200 gramos y lo volcó en su boca. Masticó con furor y dejó escapar restos húmedos sobre sus blandas piernas.

— Eres entrenador de bomberos. A las «churris» les encantan los bomberos —dijo el reflejo sonriente.

— Sí, gran idea —comentó Tonito dando saltitos sobre la cama.

— No seas estúpido —indicó Samantha Fox— ¿Pero tú te has visto? ¡Tócame a mí!

— ¿Qué tengo de malo? —bufó él, con la nariz arrugada, mientras se revisaba entre los sobacos.

—Nada, mi hombretón, quiero sentir tu cuerpo, tengo hambre de amor— continuó ella.

Tonito se incorporó con una mano en la nuca, la otra en el cuello y soltó un suspiro. Notaba el estómago revuelto.

— No le hagas caso —intervino el reflejo del espejo— necesitas carne. Carne fresca.

— Sí —susurró Tonito— hace mucho que no comemos —y comenzó a vestirse con el chándal.

— No, por favor —suplicó Samantha Fox sin gesto alguno.

Una vez enfundado en la ropa de deporte y con gran esfuerzo se agachó junto a la cama. Sacó un gran cajón de madera y lo observó con calma. Cogió un gran cuchillo de carnicero y lo sopesó.

Miró al espejo.

— Está muy buena, merece un trato especial —le dijo este.

Tonito dejó el cuchillo para sacar un hacha.

Su reflejo sonrió. Él también.



 


WO AI NI

Azel Highwind


Kana pinta flores al óleo tras las cortinas de su habitación. La luz del sol se tiñe de los colores de los bordados que atraviesa y destella sobre los lienzos en las paredes.

Aris, que es un diminutivo de su nombre, destaca en deportes y a veces se pelea con chicos. Le encanta atravesar la ventana de su habitación de un salto, deslizarse por el tejado del porche y aterrizar en la calle.

Cada mañana va a buscar a Kana a su casa. Cuando toca el timbre, el sonido le produce cosquillas, sólo porque es el preámbulo a la dulzura de una voz que adora: —¡Ohayō!

—¡O-ha-yō! —le saluda ella también, riendo con cada sílaba.

De camino al instituto, Kana juega a saltar las baldosas de par en par. Aris se atreve a hacer piruetas que dejan en vilo a los transeúntes.

A media bajada se paran. Una hace un giro arabesque de ballet, la otra, se pone en posición de bateo.

—Estamos ridículas —dice Kana.

—Totalmente ridículas. ¡Tienes el cuello torcido!

Kana le arregla la corbata a su amiga; Aris, las solapas de la americana y le pellizca una brizna de pelo del flequillo que, dibujando un arco, parece enfadado.

Cuando es primavera, y al hanami de los cerezos le gusta jugar a ser nieve, las dos chicas recogen los pétalos y se los tiran una a la otra, engalanando los hilos de arena de playa del pelo de Kana y rebotando con la coleta de caballo de Aris, que los rechaza con gráciles eses trazadas en el aire.

En el tren dan palmaditas en los cristales de las ventanas mientras se cuentan ocurrencias o deseos, juegan con las yemas de los dedos cuando llueve y se retan a hacer pasos de ballet ante las serias miradas de los pasajeros.

En el instituto nunca se separan, y los chicos ya conocen el sabor de los puños de Aris.

Cuando cae la noche, Kana se despide de su amiga en la puerta de su silencioso hogar, donde hay más flores que átomos de hidrógeno.

Por la mañana más abrazos, saltitos, corbatas torcidas, palmaditas en los cristales del tren, flores de cerezo enganchadas en el pelo y el delicado perfume de Kana que da la mano a las camelias.

—¡Vas muy mona hoy! —le dice Aris mientras le arregla la corbata, luego le da un tirón a la americana para que quede recta y le pellizca el flequillo.

—Después de clase tengo una cita…

—¡¿Cómo que una cita?! —Su voz vigorosa y encrespada, como las olas de mar chocando contra las rocas, se deshace en la marea que se retira—, ¿con quién?

—Con el chico que me gusta, ya lo sabes.

—No... no sabía que te gustaba nadie. ¿Quién es?

—El de las clases de chino.

—Vaya... —hace una pausa mirando al suelo—, ¿quieres que te acompañe?

—¿Qué? ¡Ni se te ocurra!

Al terminar el instituto, cuando Aris se despide de Kana, no puede dejar de pensar en su pelo con pétalos del cerezo y repentinamente en alguien que le coge de la mano. Mientras la sigue, siente que su corazón se desboca bajo el delicado tejido que cubre su pecho.

En un coffee shop céntrico, Kana pide un helado de fresa y nata; un chico alto, atlético y de mirada segura; uno de chocolate con pasas y ron.

—Claro, de chocolate con ron, como los pervertidos… —masculla Aris balanceándose contra el ventanal del coffee shop, y retorciendo la cortina tras la que se esconde.

Kana siente una presencia hostil a su espalda, y los ojos entrometidos de Aris se escabullen al instante en el que Kana se gira.

Las miradas se persiguen, a veces se rozan y provocan aspavientos en Kana después de lanzar gestos para que su amiga se largue de ahí.

Se pone tan nerviosa que golpea la mesa con la rodilla, y entonces el chico sube el tono:

—¿Sabes cómo se dice “te quiero” en chino?

—¿Qué?

—Te quiero.

—¡¿Ya?!

—No, en chino.

—¿En chino el qué?

—Te quiero.

—¿Cómo? —se abanica el rostro, la boca abierta en una mueca que horroriza a un niño que se agarra al brazo de su madre—, ¿tan rápido?

—No, que en chino se dice Wo ai ni.

Aris pierde el equilibro y arranca la cortina, cae de bruces contra la bandeja de helado de frambuesa que trae una camarera. Su cara se convierte en un mural del cubismo estrafalario, jadeando se tira contra Kana, envuelve sus rojas mejillas con las dos manos y se manchan sus labios con helado de frambuesa.

De un reflejo asustado, el chico tira la copa de su helado de chocolate. En el suelo pringoso, la camarera que sostiene boquiabierta una bandeja de helado de frambuesa con un narizón bien marcado en el centro, resbala y lanza al aire el helado, cual festejo victorioso en los Juegos Olímpicos.

Una mujer hace fotos con el móvil, su hijo ríe y aplaude, una anciana en la barra se gira y bufa con aire condescendiente; al otro lado, el maese heladero frunce el ceño y sus ojos son apenas dos líneas bajo las cejas infernales.

—¡Sumimasen! ¡Sumimasen! —implora Kana haciendo reverencias con las palmas unidas y los ojos en lágrimas.

—¡Huyamos!

Kana se deja arrastrar por su amiga. Corren por las grises calles moteadas de las luces de tráfico hasta que el aliento se les acaba.

Cuando caen redondas sobre la hierba de un parque, Kana le pregunta: —Pero ¡¿qué te pasa?! ¡¿Qué ha sido todo eso?!

Aris tarda en responder lo que un pétalo llega al suelo mecido por la brisa: —Wo ai ni.


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