Teresa Olalla, Mari Otero y Álex Casas ganan el reto de la semana.



Cuarenta años de aburrimiento vital

Teresa Olalla


Estoy aburrido. La vida es un pasar de los días de lo más tedioso.

Como es lógico no puedo hablar de cuando era un bebé, no me acuerdo, pero que alguien me explique qué tiene de emocionante dormir, cagarse encima y comer siempre lo mismo hasta que un pediatra listillo da permiso a tu madre para cambiar la teta por una papilla. Por no hablar del momento más tenso de cualquier infancia: dejar el pañal por el orinal. Mucho más higiénico hasta que te toca limpiarte tú mismo.

Pronto empiezan las obligaciones. Una media de siete horas en un colegio en el que lo más divertido es un patio cuadrado en el que los chicos juegan al fútbol y las chicas a la comba. Nada de esas dos cosas llamaban mi atención. Ese sitio no era para mí. Recuerdo un día que llamaron a mi madre; estaba encaramado a lo alto del muro del colegio para escaparme de esa aburrida cárcel para párvulos.

Muchos dirán que la infancia es la mejor época de la vida. Discrepo. La infancia se resume en hacer lo que los adultos ordenan mientras la imaginación desbordante se seca a medida que se sopla velas y se acatan más normas. No me digáis que no. Por ejemplo, mi padre me quitó la idea de tratar de volar desde el balcón tirando un huevo a la calle: «Así se quedará tu cabeza si tratas de hacer el superman» me dijo antes de arrancarme mi flamante capa roja hecha con una camiseta de mi hermano mayor.

La adolescencia no es mejor. La incertidumbre de cómo terminará siendo tu cuerpo, en especial cierta parte, se resuelve al ver en pelotas a tu padre y a tu hermano mayor, que se ríe de tu miembro medio viril cuando lo ve “contento” una mañana de enero.

Para la mayoría ir a la universidad era algo divertido que poco tenía que ver con el aprendizaje de pensar por uno mismo o, por lo menos, una profesión. Nunca comprendí por qué la mayoría de mis compañeros preferían alargar el sufrimiento académico perdiendo el tiempo en la cafetería, bebiendo cerveza y jugando al mus, desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde. Yo preferí terminar cuanto antes, solicitar un curso en el extranjero con la firme convicción de que fuera de mi país la vida era más amena. No lo es. Se hace lo mismo en otro idioma.

Busqué romper el tedio de mi vida con sexo y drogas. Las segundas no me provocaban más que una desgana mayor los días posteriores. La vida merecía menos la pena dos días después de estar despierto más de veinticuatro horas. El sexo… Puedo llegar a la misma satisfacción yo solo y con menos complicaciones. Las orgías al final son un batiburrillo de piernas, bocas y manos buscando todas lo mismo. Los románticos dirán que con el placer en solitario me pierdo la magia de los abrazos y de los besos. Los sacrifico con tal de ahorrarme las conversaciones innecesarias del antes y el después.

Estando en lo que se supone que es la mitad de la vida, mis días se resumen en levantarme, ir a trabajar durante ocho horas, en las que da un poco igual lo que haga, pagar facturas, un mínimo de vida social insustancial y dormir. Porque ser adulto es eso, trabajar y pagar facturas. Nada de hacer lo que te da la gana como pensaba cuando era crío. Siempre hay otro adulto que manda más que tú. Los sueños de invertir el sueldo en las cosas que te gustan como viajar, se diluyen cuando firmas una hipoteca o un contrato de alquiler, dos seguros de vida y la letra de un coche que hay que cambiar cada diez años.

Lo que más me aburre a estas alturas de mi vida es la típica frase de «¿Y cuándo vas a sentar la cabeza y tener hijos?» Visto lo que se cocía en mi casa tener una pareja es la peor de las rutinas: una mujer protestando de que su marido no entiende sus sentimientos y un hombre quejándose de que tiene ciertas necesidades que satisfacer. En fin, de los hijos ni hablo. Si cagarse encima no es apasionante cambiar un pañal menos.

Lo que me queda a partir de ahora no es más halagüeño. Perder capacidades físicas y mentales hasta volver a hacer las necesidades fisiológicas en un pañal y comer papilla, no hay teta para los viejos.

Así que hoy que cumplo cuarenta y un años acabaré con este aburrimiento. Ningún adulto me va a ordenar hacer lo contrario. Vestido con una flamante capa roja, sentado en la barandilla del balcón en el que un día mi padre no me dejó volar, por fin podré escapar.



 


Nuestro banco

Mari Otero


Vivo de recuerdos: ella, yo, un banco y el frescor de la vida que emanaba nuestra piel.

Recuerdos que aterrizan para sentarse junto a mí en este mismo banco envejecido en el que ahora me encuentro, como cada domingo, con la intención de sentir algo parecido a lo que sentí cuarenta años atrás. Porque este banco no era solo un banco, era nuestro banco, y lo sigue siendo hoy, al menos para mí.

Aun así, no puedo obviar la realidad que mis ojos muestran mientras mi mente viaja en el tiempo. Ahora me tengo que sostener sobre dos tablas de madera grisáceas y astilladas, cuando antes eran tres, perfectamente pintadas y barnizadas. En él descansábamos después de que ella saliese de sus clases. Uno de los tantos bancos del paseo que lleva hasta el monasterio donde ella estudiaba algún curso de finales de B.U.P.

Ella, Sofía, mi chica, que ni por asomo era mía y jamás he querido que lo sea. Supongo que por eso ahora estoy aquí, solo.

Yo la esperaba cada tarde fuera de las rejas de aquel lugar, consumiendo más de un cigarrillo, escapándome de mis obligaciones en el bar de mi padre. Ya sabía lo que me ocurriría al volver a casa, pero ella se encargaba de convertir todo aquello en cosas que poco importaban.

Cuando por fin salía, con una sonrisa plena, se iba desenjaulando, cogida de mi mano, en lo que duraba el camino hasta nuestro banco. Aquí, sentados, apenas hablábamos, solo compartíamos espacio. Cruces de manos y libros que sacaba de su mochila y que me contaba que leía por debajo del pupitre sin que nadie la viese.

Ella consiguió que me gustase leer. También hacerme entender que el amor es admiración, y que los besos con querer son mucho más que intercambios de saliva; en ellos se va parte de nosotros para permanecer en la otra persona de por vida. Será por eso que ella nunca se me va.

Y por eso la imagino aquí, a mi lado, tan real. Paseo mis dedos entumecidos por su lado vacío del banco, con la delicadeza suficiente para no astillar mis dedos, ni astillar su recuerdo. Entonces, me estaría mirando de reojo con una sonrisa discretamente pícara mientras hojeaba alguno de sus libros, y yo la observaría con cara de: ¿puedo besarte?

Ella me diría por lo bajo: «Aquí no», aunque en el resto de los bancos todo el mundo se besara sin control. Sofía no me escondía del mundo, pero siempre decía que hay momentos que solo deben pertenecer a quienes los viven.

El viento sopla fuerte devolviéndome al presente, y las hojas caídas de los árboles que se alternan con los bancos del paseo, se arremolinan cerca de mis pies. Sigo acariciando nuestro banco y me doy cuenta de que no es el único que sufre el paso de los años, mi piel también lo acusa. Observo mi mano con detenimiento y todavía no asimilo que pueda ser mía. Demasiada erosión y asperezas. La historia de una vida escrita en la piel. Una vida donde ella no ha estado y yo me he ido transformando en la peor versión de mí.

Si la tocase ahora, con estas manos, probablemente sentiría vergüenza; o en un universo paralelo, donde quizá sí luché por lo nuestro, notaría la vida recorriendo mis dedos para desembocar en su piel.

Pero en este tiempo y espacio que habito, la dejé marchar, y este banco me recuerda que es así. Así como lo hacen mis manos, y las hojas que se arrastran por el paseo, alejándose de mí, siguiendo un camino de no retorno. El mismo camino que tomó ella la tarde en que la obligue a marcharse. Lo hice con palabras que sí sentía pero no quería verbalizar.

Todo ocurrió aquí, sentados. En aquel momento, ella no sonreía. Sus ojos estaban inmóviles. Esos ojos ya intuían las palabras que yo no había pronunciado. Y después las dije, esperando a que, con ellas, pudiese volar lejos: «Nunca voy a poder darte lo que te mereces». Porque no, no se lo podía dar. Conmigo, en este pueblo, ella no iba crecer, y no iba a ser yo el que la atase a una vida donde su florecer quedase a medio camino.

Recuerdo que ella no contestó. Bajó la mirada y recogió sus libros. Me arrebató el que yo tenía entre las manos y lo metió en su mochila. Todavía noto en ellas el tirón, y mi resistencia a que me dejase sin algo suyo. Supe que con ese libro, ella también se arrancaba de mí.

Se marchó sin mirarme. Yo no me levanté para tratar de retenerla.

Con ese último recuerdo de ella, caminando de espaldas, con su falda ondeada por el viento, noto la madera del banco crujir. Otra tabla más que se rompe.

Me incorporo y me quedo parado, con la vista fija en la última tabla que queda.

Esta tabla no podrá soportar más el peso de mis recuerdos.



 


Carencias

Álex Casas


Era un hogar golpeado. Escaseaba la comida, el afecto, un marido y un padre también, que jamás volvió de la guerra. La viuda cocinaba para otros y traía a su mesa las sobras. Al llegar a casa, agotada tras una larga jornada, dejaba atrás la sonrisa que cargaba todo el día porque ya no estaba obligada. El niño, mientras hacía los deberes veía a su madre luchando contra sus propias matemáticas de necesidades y gastos que nunca cuadraban. A él, le sorprendía y asustaba a la vez, comprobar como el dinero era incapaz de quedarse quieto con su tendencia irremediable a disminuir. Su madre conseguía una cifra y en cuanto ese número entraba por la puerta se deshacía, desaparecía sin que nunca llegara a cubrir todas las necesidades. Vivían con miedo al futuro, un futuro que para ellos empezaba siempre al día siguiente.

El paso de los años, vieron crecer al niño y el cuerpo de una madre cada vez estaba más invadido por el cansancio. Le reconfortaba ver a su hijo como se rompía los codos estudiando y las pequeñas aportaciones de dinero al hogar a base de pequeños trabajos y un ajustado sentido del ahorro. Él, por primera vez en su vida, pudo comprobar como era capaz de inmovilizar cierta cifra y mantenerla integra. Es más, a partir del primer dinero que reposó sin perturbaciones en una cajita de latón que dormía debajo de su cama, la cifra no dejó de aumentar. A cada aportación, por mínima que fuera, le proporcionaba un placer cada vez más absoluto. Una satisfacción creciente. Un gusto hambriento.

El corazón de la madre se detuvo días antes de que su hijo iniciara, en la universidad, los estudios de economía. Una imponente soledad se apoderó de él y solo encontró compañía en los números.

En la primera empresa dónde hizo prácticas, su disfraz de ahorrador le permitió ejecutar un plan de control del gasto que supuso un incremento de los beneficios de la compañía y un decrecimiento en el respeto de sus compañeros. Para el resto de empleados era el tacaño de mierda que había cambiado el papel higiénico de doble capa por esa capa única, gruesa y rasposa. O el hijo de puta que mandaba hacer el mantenimiento anual del aire acondicionado durante el mes de agosto para tener la maquinaria una semana parada y sin consumo.

Continuó trabajando para otras empresas. Desarrollando y perfeccionando su destreza para evitar el despilfarro continuo que veía por todas partes allá dónde fuera. Al final acabó fundando una consultora y no se casó con nadie más que consigo mismo. Renunció a tener empleados. Pagar un sueldo le provocaba un dolor palpable. Así que construyó un imperio unipersonal que le comía casi todo su tiempo. Una fortaleza que no se compartía. Un mundo donde no cabía nadie más.

Los pocos amigos que conservaba de la facultad lo arrastraban, tras mucho pedir, a cenas dónde miraba la carta por los precios y luego los unía a los platos. Cuando decidían pagar a medias se le indigestaba la sopa, eterna elección, que nadaba en su estómago.

Tampoco le fue bien en el amor. Ese sentimiento tan poco tangible y contable. La única vez que sintió algo parecido comprobó como el querer era un sentimiento que se le desprendía sin permiso, una turbulencia anímica que escapaba de su control, como el dinero de su infancia.

Los años se le acumularon y el ahorro se convirtió en la única cosa que le sucedía. Entonces empezó un extraño viaje interior. Sus saludos dejaron los “buenos días” para pasar a ser solo el “buenos” y con el tiempo se quedó con el “días”. Los monosílabos inundaron sus comunicaciones, y cuando era una afirmación o una negación solo movía la cabeza. Estaba economizando palabras. El sueño, que siempre consideró como una pérdida de las horas del día, se le encogió y gracias al insomnio pudo abarcar más trabajo. Apenas salía, lo justo para las visitas de trabajo y la intendencia, odiaba los servicios a domicilio, el recargo de transporte y el incomodo momento de la propina. A sus cuarenta años ya nada le gustaba y todo le parecía demasiado caro. En el banco dónde crecía su fortuna le atendían con el exagerado respeto que genera el dinero. En la frutería lo miraban de reojo porque siempre reclamaba un descuento si el género tenía alguna manchita o marca de un pequeño golpe.

Ese invierno, de esas noches de ojos abiertos y frio en los pies, mientras no esperaba el sueño se quedó absorto contemplando el vaho que se escapaba de sus pulmones. Nunca había advertido la consistencia de una exhalación como la del vapor propio. Nunca se percató hasta entonces de semejante pérdida. Así que cogió aire de nuevo y no lo volvió a soltar.


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