Teresa Olalla y Marcela Chapou son las mejores escritoras de la semana



BOURBON Y TORTUGAS

Teresa Olalla


Las tortugas no querían comer. Creo que me di cuenta a la semana de traerlas a mi casa.

Son la herencia más absurda que jamás nadie haya recibido. Sí, mi tía me había dejado a sus dos malditas tortugas como única herencia. ¿Por qué? Ni puta idea. Estaba podrida de pasta y me dejó algo sin valor y de lo que tenía que cuidar, como si ella no supiera que no soy capaz ni de cuidar de mí mismo. Con lo bien que me hubieran venido unos cuantos millones de esos que guardaba con tanto celo debajo del colchón. Ella bien sabía que vivía de las rentas del puto premio que gané a los veinticinco años y las ventas de esa primera novela. De escritor de culto pasé a ser un fracasado en siete años. Mi editorial me amenazó hace seis meses con rescindir mi contrato si no entregaba un manuscrito decente. Soy un farsante con pánico a la hoja en blanco.

La buena de mi tía me había encasquetado un par de seres vivos sin instrucciones. Las tortugas son seres curiosos. Los primeros días me sentaba a media tarde mientras bebía bourbon a mirarlas. Odiaba sus malditos ojos enanos, su cara medio inexpresiva medio de enfado con la vida. Joder, tengo cara de tortuga. ¿Cómo se sabe si una tortuga está contenta? Los chuchos mueven la cola; los gatos ronronean, pero aquellas tortugas me miraban y no tenía ni puta idea de lo que querían. Así pasaba las tardes, borracho y mirándolas. Una de esas tardes, no sé si me había pasado ya bebiendo o fue el tufo que salía de su casita, me subió una arcada que dejó un gusto asqueroso en mi boca. No sé qué clase de animal duerme dónde caga. En un acto insólito de cuidado hacia otro ser les cambié el agua. Luego me puse a escribir palabras inconexas sobre la muerte y las herencias. Me terminé la botella de bourbon y di buena cuenta a las cervezas que quedaban en la nevera. Al día siguiente me desperté abrazado a la taza del váter con los restos de mi vómito flotando en el agua.

Comencé a darles de comer antes de abrir mi botella vespertina. Una tarde me di cuenta de que su comida flotaba. Una masa viscosa y maloliente se acumulaba alrededor de esos dos bichos que me miraban sin expresión. Se me metió en la cabeza que si se morían la buena de mi tía se me aparecería por las noches, así que fui a la biblioteca y cogí un libro sobre tortugas. Mientras me bebía una cerveza leí que las tiene que dar el sol, su alimentación debe ser variada y cómo se sabe su género, porque os aseguro que a los machos no les cuelgan unos buenos huevos como a los toros ni a las hembras ubres. Cogí a la que peor me miraba y estudié su parte inferior del caparazón. Sí, era hembra. Las mujeres me odian. Miré a la otra. Joder, tenía un macho y una hembra. Me entró pánico al pensar que pudieran procrear y llenarme la casa de tortuguitas. Me tuve que acostumbrar a cambiar su agua con la asiduidad que marcaba el libro y así abortar cualquier posible nacimiento no deseado. Mientras las limpiaba caminaban alegres por el baño .«¡Qué coño hacéis ahí!» Se habían metido debajo del mueble. Quise regañarlas como a niños, pero no tenían un nombre que gritar. Cogí al macho. Tenía cara de profesor pederasta; le llamé Humbert. No me quedó más remedio que llamar a la otra Lolita.

El sitio de la casa con mejor luz era mi escritorio. Me jodió hacer limpieza para colocarlas allí. Las cabronas se ponían a tomar el sol al medio día, estirando su cuello en una pose muy digna. A los días comenzaron a comer mientras yo me bebía un vaso de bourbon. Cuando escuchaban el traqueteo de mi máquina de escribir se asomaban al borde de su casita, como si quisieran salir, así que una tardé las saqué. Humbert a la derecha, Lolita a la izquierda, parecía que leyeran lo que escribía. Juro que cuando era una mierda se daban la vuelta. Una noche, medio borracho me dio por hacer el arco dramático de mi propio Humbert, luego hice el de Lolita. Se quedaron absortas mirando como el rodillo pasaba de la derecha a la izquierda cuando comencé a dibujar la premisa dramática de una nueva historia de amor, sucia, alcohólica y desesperada. Joder, el pánico a la hoja en blanco despareció en cinco tardes, escribía durante horas y las tortugas no se giraban. Un capítulo, diez capítulos…

Después de todo, la hija de puta de mi tía me dejó la mejor herencia. Por fin la novela estaba concluida.


 


DESCANSE EN PAZ

Marcela Chapou


Las tortugas no querían comer; esa fue la primera señal de lo que vendría después. Todavía adormilada, a Carolina le sorprendió el silencio que había a su alrededor: no oía el canto de los pájaros y las chicharras también permanecían calladas esa mañana oscura. Ahí, junto al estanque, atravesó su cuerpo un viento helado, inexplicable en plena primavera. Tiritando entró a su torre, preparó el café, para poder olerlo, y ascendió con su ligero andar al tercer piso, por las estrechas escaleras circulares que día con día le daban la impresión de que eran infinitas. Solo desde su estudio podría observar el panorama.

Una vez arriba, con la taza en las manos se acercó al gran ventanal a disfrutar el espectáculo que la vida le ofrecía, pero el vaivén desesperado de los árboles de ese bosque cuyos límites se desvanecían en la lejanía, aceleró su corazón, como si de un mal presagio se tratara. Esta sensación distaba mucho del cosquilleo en el pecho que, ante la contemplación del vasto horizonte, siempre la había nutrido de la energía necesaria para continuar mejorando su novela, una vez que la hubo terminado.

Un nubarrón espeso, impenetrable como una negra bóveda, se acercaba vertiginosamente anunciando la próxima tormenta. “Aun con la zozobra tomaré ventaja de esta imagen para dar relieve a la romántica escena del final, que no acaba de gustarme”, pensaba emocionada mientras acomodaba el escritorio para arreglar su manuscrito por enésima vez.

Y apenas se había sentado a trabajar, cuando la nube oscura, en cuestión de segundos, le bloqueó por completo la vista al exterior, y en seguida los relámpagos, cual si hubieran sido convocados por el diablo, inundaron el cuarto con su intenso resplandor. Sin pensarlo dos veces, Carolina descendió al segundo piso, a refugiarse bajo las cobijas de la cama todavía caliente. “¡Si tan solo fuera una tormenta!”, intentaba consolarse. “Entonces, ¡que se desate la lluvia de una vez por todas!” La espera resultaba insoportable entre los potentes rugidos del cielo.

Por cerca de una hora permaneció cubierta, siempre al pendiente del más mínimo ruido, empapada ya en el sudor secretado por el miedo.

Los truenos cesaron, pero al reestablecerse el completo silencio del amanecer, Carolina presintió que aún no estaba a salvo. Debía apurarse a hacer los últimos retoques, y entregarle la obra al editor antes de que fuera demasiado tarde. De poco le había valido ocultarse en esas ruinas olvidadas, tan aisladas del mundo. Temblaba ante la idea de que se esfumara la oportunidad única de realizar el sueño de su vida: escribir la novela del amor perfecto. Ya casi lo lograba, y con los brillantes giros que su doble experiencia hacía posibles, alcanzaría, sin duda, la inmortalidad tan anhelada. Por eso necesitaba tiempo.

Cautelosa subió los escalones que daban al estudio: no quería exponerse. Ya en los últimos peldaños se dio cuenta de que todo seguía oscuro, muy oscuro. Se asomó a hurtadillas y descubrió que no sólo la vista al exterior seguía bloqueada por la espesa niebla, sino que ésta ahora se retorcía sobre sí misma, sugiriendo con ello repulsivas formas, como caras monstruosas o seres de ultratumba, en las que vislumbró algunas facciones de su propio rostro. Perdió todo el color y sus piernas se debilitaron de tal forma que acabó en el piso, a punto de llorar. “¿Será, acaso, el emisario de la muerte que por fin se revela? No, no, todavía no es momento. No puede llevarme ahora. Tengo muchos detalles que pulir, muchas nuevas ideas que plasmar en el papel. Mis cuentas siguen pendientes, nunca descansaré en paz.” Elucubraba, sin saber qué hacer para impedir lo inevitable, y como ya sospechara que ocultarse no tenía sentido, se animó a salir de su escondite y avanzó unos pasos hacia el nubarrón.

—¡Necesito más tiempo! —suplicó a gritos, a sabiendas de que nada lograría—. ¡Me niego a sucumbir en el olvido!

Si hubiera podido, después de esas palabras habría huido hacia bosque, pero el temor que la aquejaba comenzó a tornarse en una poderosa atracción hacia el oscuro ser, y empezó a mermar su voluntad. Entonces caminó despacio, casi flotando, hasta situarse frente al ventanal, donde súbitamente la poseyó el deseo de experimentar, una vez más, el paso del aire helado a través de su cuerpo, que ya se translucía. Abrió las dos ventanas, inspiró profundo, y en el siguiente instante fue succionada por la inmensa nube. No tuvo ganas de luchar contra esa extraña fuerza. Fundida en los vapores espesos de la niebla, se elevó por los aires hasta perderse de vista.

Libres del velo que se los impedía, los rayos del Sol se desplomaron sobre la casa de Carolina y sus alrededores; las aves, espabiladas, se pusieron a cantar junto con las chicharras. Las tortugas, que habían permanecido ocultas en las piedras, se acercaron al estanque con una rapidez inusitada, para engullir, en dos bocados, el alimento que antes rechazaron. En el estudio, el aire revolvió los papeles dispuestos sobre el escritorio. La novela estaba concluida.


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