Trabajo en equipo (Lola Pena) y Durante el camino (Teresa Olalla)

Esta semana tuvimos un empate entre dos grandísimas escritoras. Esperamos que disfruten mucho de sus relatos.




Trabajo en equipo, por Lola Pena


Recuerdo que estábamos toda la pandilla, al alba, sentados sobre el malecón mirando con atención como los barcos regresaban a puerto después de una noche faenando. Tras amarrar las naves, los tripulantes descargaban, con la ayuda de las grúas, las pesadas cajas blancas con la pesca de la jornada. Yo, al igual que mis compañeros, me moría de ganas de que terminaran su trabajo para poder acercarme. Ninguno de nosotros hablaba. Cual estatuas observábamos rígidos las cajas con los peces. Nadie quería perderlas de vista ni por un segundo. El último en llegar aquella madrugada fue el barco del capitán Iriarte. Al verlo, Bruno levantó la cabeza olisqueando, mirando hacia el puente de mando en su busca.


Sé que la vida de Bruno, según él mismo me contó hace un par de años, no fue muy fácil desde que siendo muy pequeño lo echaron de su casa al llegar el cachorro humano. Todavía añoraba el olor a pescado que se esparcía por aquel hogar cuando el capitán Iriarte regresaba cada mañana desde la lonja. Bruno aspiraba aquella fragancia al sentarse en su regazo con la cabeza apoyada en su pecho mientras él tomaba el primer café del día. Le parecía la mejor de las esencias, el mejor de los lugares.


La primera vez que el capitán lo dejó en una cuneta de la carretera camino del puerto, Bruno no se lo podía creer. Se quedó mirando hacía él, atónito, inmóvil mientras veía como se alejaba dejándolo sentado allí solo. Lo intentó varias veces más abandonándolo cada vez en un sitio distinto, un poco más lejos, para que no fuera capaz de volver de nuevo, pero siempre conseguía regresar hasta que desistió cansado de tanto menosprecio.


Sobrevivir en la calle hubiera sido una misión imposible para Bruno de no ser por la suerte que tuvo de que Nico, nuestro antiguo jefe, lo encontrase una noche en la que dormía al fondo de un callejón sin salida sobre un cartón húmedo. Le dio tanta pena verlo en aquella situación tan deplorable que lo adoptó como si de un hijo se tratara. Lo protegió, lo llevó a la guarida donde muchos de nosotros hemos nacido y vivido desde siempre, le enseñó todo cuanto sabe. Poco a poco le fue preparando para que trabajara por el bien común. Con el tiempo se había ido convirtiendo en nuestro cabecilla y yo en su lugarteniente. Ahora todos hacemos lo que él nos manda, cuando y como él ordena, sin discutir jamás. Somos como una máquina bien engrasada que funciona con un simple empujón.


Desde donde estábamos podíamos ver relucir el brillante pescado que había sobre el muelle, pero mientras Bruno no se movió tampoco nadie se atrevió a hacerlo hasta que comenzó a menear sus bigotes. Esa era la señal de que faltaba muy poco para que entráramos en acción y así se lo hice saber al resto del grupo levantando mi cabeza. Un sonido gutural de Bruno nos puso a todos en tensión, dispuestos para el ataque.


Nos bajamos del muro y, colocados en fila india, con pasos sigilosos, seguimos a Bruno hacia el otro lado del puerto. Escondidos detrás de una furgoneta nos llegaba el conocido olor a pescado de una forma cada vez más intensa. Las últimas cajas todavía estaban esperando, alineadas y apiladas, para ser metidas en la lonja. El capitán Iriarte también estaba allí, vigilando que sus hombres llevaran todas las capturas dentro de la nave. Entonces Bruno lanzó un maullido agudo como si alguien le hubiera pisado el rabo. Ese era el momento de saltar al unísono sobre la pesca fresca que estaba ante nosotros, de intentar robar algo para el desayuno.


En cuestión de segundos, aparecimos de la nada. El capitán y algunos de sus marineros comenzaron a dar manotazos y patadas buscando evitar nuestro ataque, pero todo resultó inútil. Entonces me di cuenta. Ya nos estábamos escapando de la escena del crimen llevando cada uno un pez entre las fauces cuando giré la cabeza al no ver a Bruno entre nosotros. Me paré en seco dejando caer mi botín en el suelo. Seguía a los pies de un capitán Iriarte enojado, alterado por el saqueo que acababa de sufrir por una pandilla de gatos callejeros. Al verlo, el capitán intentó pegarle una patada con la que resarcir la rabia que sentía. Bruno saltó hacia atrás esquivándola y, como si un resorte mecánico accionara sus piernas, volvió a saltar, pero esta vez hacia adelante haciendo perder el equilibrio al sorprendido hombre tirándolo al suelo. Sin darle tiempo para que se recuperara del golpe, brincó sobre su cara. Las afiladas garras del felino arañaron el rostro del capitán una y otra vez hasta provocarle numerosas y sangrantes heridas. Bruno se dio la media vuelta y meneando el rabo de felicidad se acercó a mí con la cabeza bien alta. Esa mañana tuve que compartir mi desayuno con él, pero no me importó.



Durante el camino, Teresa Olalla


Tú y yo, hermano, hemos sido uno desde siempre, desde que tengo consciencia de mi ser y de tu ser, sin embargo, somos tan distintos…

Nuestros padres lo supieron pronto y tomaron decisiones sobre nuestras vidas que nos han llevado a estar en nuestro bosque, tú debatiéndote entre la vida y la muerte, yo dudando entre quedarme a tu lado o matarlos. Sé que tú no querrías que lo hiciera, pero mi alma es muy diferente a la tuya.

Ya desde pequeños, ¿te acuerdas?, siendo tú niño y yo una mocosa, en el poblado aquel chico te insultó porque te interesaban más los libros y aprender que nuestros juegos, porque eras un alma vieja. No lo dudé, fui a por él. Que una niña pegase a un chico no estaba bien visto. Ese fue mi primer paso para llegar a lo que soy en este momento.

Ahora lamo tus heridas, de la misma manera que tú curaste las mías aquella noche en la que me fugué de casa. Sentía que mi destino no era casarme con un hombre quince años mayor que yo. Padre y madre no lograban entender que mi alma de recién nacida ansiaba experimentar más allá de las posibilidades de un matrimonio concertado. Cuando me encontraron en el bosque al amanecer padre dio buena cuenta de cuál era su opinión sobre mi cuerpo.

La segunda vez que me lo propuse trataste de convencerme, poniéndote tú mismo en peligro al quererme acompañar a la ciudad. Tuve que esperar a que te durmieras. Esa fue la primera vez que nos separamos.

Incluso en la distancia, sentí que tu espíritu no me abandonaba para conservar un equilibrio que solo tú comprendías, aunque no fue suficiente para mantenerme a salvo.

Mi cuerpo sobrevivió gracias a mí astucia, pero mi alma no creció, entre tanto tú te convertiste en monje en aquel templo taoísta.

Mientras estuvimos separados alcanzaste la sabiduría necesaria para encontrarme. Nadie más podría haberlo hecho.

Cuando mi primer cuerpo encontró la muerte en un callejón a manos de un proxeneta sentí que seguía viva. Comenzó un viaje confuso en el que regresé a casa.

En una caminata por nuestro bosque tropezaste con una cachorra de tigre repudiada por su madre. No dudaste. Al clavar tu mirada en los ojos de la cachorra me reconociste. Nunca me sentí más segura como aquel día en el que me abrazaste y me llevaste contigo.

Te dieron igual las opiniones del resto de monjes por querer criar a un animal salvaje. Ellos no sabían que yo siempre lo fui y que solo tú eras capaz de apaciguar mi espíritu.

Lo compartiste todo conmigo a cambio de nada y en unos meses nos convertimos en una especie de espectáculo involuntario.

Los turistas iban hasta el pueblo solo para fotografiar a aquel monje budista (los occidentales no distinguen entre un budista y un taoísta) que compartía su plato de arroz con una joven tigresa. Me sacaban de quicio. El deseo de despedazarlos recorría cada una de mis rayas. Cuando les mostraba los dientes, me acariciabas la cabeza para que vieran mi lado más tierno. Me sonreías con la paciencia que tiene el que ama de veras y permitías que aquellos cretinos disparasen sus cámaras fotográficas sobre nosotros, solo para enseñarme que, a veces, hay que ser generoso incluso con quien solo busca su propia satisfacción.

Pero, hermano, lo que no logro comprender es por qué te has empeñado esta mañana en llevarme de nuevo al bosque. Me has repetido durante el camino que debía volver para estar con los míos y perpetuar mi especie... Pero yo solo quiero estar contigo, seguir comiendo arroz, atemorizar a algún alemán curioso, sentir la paz bajo tus dedos cuando rascas mi cabeza.

Dime, ¿en qué estabas pensando cuándo escuchaste el primer disparo? ¿Por qué te interpusiste? Ahora trato de salvarte, como hubieras hecho tú, pero no puedo, por más que lamo la herida de tu pecho no dejas de sangrar... Oigo como se apaga el latido de tu corazón al tiempo que escucho cómo esos humanos se acercan a nosotros.

Me agazapo detrás de tu cuerpo, sé que sus rifles están preparados para disparar. También yo estoy preparada. Saltaré sobre el cuello del primer humano, luego iré a por el segundo…

Tu cuerpo se estremece mientras salto. Me giro para mirarte. Un fogonazo; quemazón; huelo mi propia sangre y caigo desplomada junto a ti.

Ya no respiras mientras que yo me aferro a una vida que no quiero sin ti. Siento tu alma fluir hacia el universo para dejar de ser uno conmigo, mientras yo vagaré de cuerpo en cuerpo. Lo siento, no he aprendido nada de ti, no podré seguir tu camino, pero estos humanos, antes o después, sufrirán el dolor que siento por haberte separado de mí.

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