Una triple A se lleva el reto: Álex Casas, Almudena Villalba y Alejandra Bautista son los ganadores.




TRAMPANTOJO

Almudena Villalba


Abandonó su casa temprano aquella mañana húmeda de octubre rumbo a la escuela. La calle, alfombrada de hojas ocres, la acompañaban en su diario vía crucis. Las pocas hojas verdes, que se resistían a abandonar las copas de los árboles, le aportaban una leve esperanza. «Quizá hoy no», pensaba. A través de la verja, observó el rancio edificio que se recortaba sobre unas oscuras nubes grises. Las ventanas de madera enmarcaban un puñado de rostros sonrientes, los cristales lloraban en silencio. Estela arrastraba la suela de sus viejos zapatos por el camino que la llevaría a la entrada del colegio. Nada más acceder al patio, aligeró el paso, a la vez que ocultaba los fuertes latidos de su corazón y el brusco vaivén de su pecho tras la mochila. El vaho de su boca le calentaba las manos temblorosas mientras murmuraba: « dos, tres, cuatro, cinco...», conocía cada una de las baldosas que pisaba; «seis, siete, ocho...», sabía cuántas había por reparar, y casi, se podría asegurar que conocía cada peca marrón de aquel desgastado y helado terrazo. La concentración le impedía oír las risas y murmullos que se escuchaban a su paso. Por fin alcanzó el aula, el olor a humedad y a madera vieja le dio la bienvenida, el sonido de las sillas arrastrándose la acompañó hasta el pupitre. Cuando se sentó, y sus gafas empañadas le permitieron ver, se fijó directamente en el rostro pálido de la maestra, que contrastaba con sus enormes gafas de pasta marrón. Siempre la recibía con una media sonrisa, que empequeñecía aún más sus ojos azules y el temor de Estela. Su corazón se fue tranquilizando. La mañana transcurrió entre tizas sobre fondo de pizarra verde, hasta que el toque de la sirena del recreo la devolvió a la realidad. Intentó desaparecer bajo el carcomido pupitre. No lo consiguió. La maestra se acercó a ella y le dijo:

―Vamos, Estela, tienes que salir a jugar con el resto de compañeros.

―Preferiría quedarme en clase, seño, así acabo el deber ―repuso, tímida.

―¡Venga, niña, sal a que te dé el aire! ―la apremió.

―¡Por favor!, ¡se lo pido por favor!...

― ¡No hay más que hablar! ¡Al recreo, he dicho!

Antes de abandonar la clase se volvió a contemplar el aula con la esperanza de que se parara el tiempo. Observó las blanquecinas paredes, tejidas con encaje de gotera, y la estantería que ocupaba el rincón, inclinada a causa de la sabiduría de centenares de libros. Suspiró y, cuando comprendió que no podía eludir su destino, anduvo hasta el patio. En cuanto el aire frío le arañó la cara, las voces de unas pequeñas fieras, ávidas de presa fácil, la sobresaltaron:

― ¡Eh...gafotas! ¿Dónde está tu bocata?

―No tengo... ―Se lo había dejado sobre la mesa de la cocina aquella mañana.

― ¿Que no tienes? ¡Mentirosa! ¡Me lo das ahora mismo, o te reviento! Tú ya estás bastante gorda. No lo necesitas.

―Es que no lo he traído, de verdad... ― Tembló.

― ¡Vaya una gilipollas! ¡Te vas a enterar...!

El empujón la sorprendió, apoyó una de las manos sobre la tierra y sintió un fuerte dolor en la muñeca. Cuando le quitaron las gafas supo que llegaría el primer bofetón, tras él, le seguirían otros muchos, así que intentó concentrar su atención en otra cosa mientras pensaba: «Tranquila que pasará...pasará. Siempre pasa». Ni siquiera intentó buscar a la maestra, nunca estaba cuando aquello ocurría, como si fuera un espejismo de otro mundo más seguro y remoto. Porque en este, lo único que se multiplicaba eran las sombras de los estudiantes a su alrededor observando la escena, y el eco de sus cuchicheos, carentes de significado para Estela, que ya se encontraba en otra dimensión, donde su martirio se fundía en la nebulosa de un vago pensamiento.

Entonces la descubrió cuando se posaba en la despistada flor silvestre que había crecido en el patio, como un trampantojo de primavera en el frio otoño. Abrió sus alas y la «miró» con los enormes falsos ojos de pavo real, tatuados en unas preciosas alas amarillas, ribeteadas de ondas marrones. La envidió cuando alzó el vuelo para perderse entre la tierra y el cielo.

Aquella noche, Estela se durmió mientras soñaba que también podía volar. Al amanecer, despertó creyéndose capaz de cualquier cosa. La luz inundó la pequeña habitación y la fuerza de una nueva ilusión la empujó a incorporarse. Se estiró todo lo que pudo, y, orgullosa, contempló cómo unas espléndidas alas de vivos colores se extendían a ambos lados de su tronco. Dos vistoso ocelos azules y negros, que presidian el centro de ambas, serían capaces de intimidar a cualquier depredador. Se sintió poderosa y bella por primera vez. Con paso firme se acercó a la ventana y la abrió, notó el frío en la cara. Sonrió. Se puso de pié en el borde y, sin pensarlo dos veces, saltó mientras agitaba sus preciosas alas. Sintió cómo se elevaba y desaparecía feliz entre el cielo y la tierra.



 



CUARENTA Y DOS MIL PIES

Álex Casas


Pum. El primer golpe pasó inadvertido, estaba concentrado repasando el discurso. Pum. El segundo impacto le sacó de sus palabras escritas y quedó a la expectativa del siguiente. Esperó un rato y nada; pensó, por un momento, que eso era todo. Pum, pum, pum… Volvió con fuerza, a por todas. Golpes secos y continuos o pequeños empujones que no le permitían concentrarse.

Se desabrochó el cinturón y al girarse se encontró a un niño de no más de nueve años agarrado a una Coca Cola, mirándole fijamente con una inexpresión desafiante que inquietaría a más de un psicólogo. A su lado estaba su madre, inmóvil, con la boca abierta y los ojos cubiertos por un antifaz, parecía que el sueño le había arrebatado cualquier signo vital aparente. Le aguantó la mirada en un intento de transmitir una especie de acuerdo tácito unilateral para que lo dejara estar.

“Es un honor para mi recibir el premio anual a la…” Pum. Ni un minuto tardó la criatura en volver a golpear la parte trasera del asiento 18B, del vuelo que se dirigía hacia el corazón de Europa. Pum. Cada vez que empezaba a leer el discurso de agradecimiento, un nuevo golpe o una retahíla de patadas no le dejaba pasar de la primera línea. Se levantó de nuevo y esta vez verbalizó, con una amabilidad tensa, la necesidad de que las piernas del chaval permanecieran quietas. Alzó un poco la voz en un intento de que la madre se despertara y tomara las riendas de la situación. Pero no había nada que hacer, esa mujer parecía sufrir algún tipo de parálisis del sueño que la sumergía en su propia profundidad sin remedio. Volvió a su asiento.

Pum. ¡Pum¡ Purrupumpum. Se alejó del respaldar y se inclinó sobre sus propias piernas mientras se tapaba la cara con las manos. Su postura se acercaba a la que recomiendan hacer cuando hay una catástrofe inminente a bordo.

Empezó a meditar. Se alejó de todo. Se olvidó del niño con su cerebro rebosante de azúcar y cafeína, que justificaría cierto maltrato infantil por parte de cualquier humano mínimamente razonable. Se olvidó de la madre, a la que habría que despertar con una inyección de adrenalina en el corazón. Se olvidó de los ciento treinta y cuatro pasajeros encajados, codo con codo, en un cilindro de aluminio atravesando los cielos. Respiración. Solo respiración. Observar en la propia oscuridad ese hilo de aire que acaricia las ventanas de la nariz. Esa calma absoluta que nada puede romper. Pum. Nada puede romper. Pum. Romper. Prrrrrum.

Su paciencia empezaba a resquebrajarse y anunciaba estallido. Se conocía. Sabía que su capacidad de aceptación se ponía a prueba con los niños y su carácter irracional. Así que solo encontró una manera de afrontar el problema. Pum. Se levantó de golpe. Salió al pasillo y pasó de largo camino del lavabo no sin antes golpear a la durmiente con el brazo en su hombro, como última esperanza de despertarla sin romper ninguna convención social más. Nada. Permanecía con la boca abierta e inerte, parecía como si se hubiera secado por dentro y solo quedase su propia carcasa.

“Es un honor para mi recibir el premio anual a la…” pronunciaba en voz alta entre las cuatro paredes estrechas de plástico que formaban el aseo, sin poder acabar la frase porqué temía que el niño aporrease la puerta en cualquier momento. Temía que a la hora del discurso su cerebro se trabara de la misma manera.

Permaneció en el baño hasta que se encendió la luz de “abróchense los cinturones” y el capitán anunció por megafonía el pronto aterrizaje en Bruselas. Cuando salió imaginó que la dulce criatura habría derribado su asiento y continuado su camino de destrucción, fila tras fila, hasta llegar a la cabina del piloto, donde seguramente estaría royendo la puerta de seguridad con sus dientes llenos de caries, en su último asalto al mundo de los adultos. Pero no. Allí estaba quietecito, con su madre resucitada al lado ojeando una revista.

Al recoger las maletas se los encontró de nuevo. La madre le había comprado un helado y le daba indicaciones para que esperara allí, quieto junto a las maletas, mientras ella iba al baño. Se lo quedó mirando fijamente mientras comía feliz su helado. Iniciaba en su mente la dichosa frase y se encallaba una y otra vez. Pum. Solo podía escuchar ese golpe. Pum. “Es un honor…Pum” El golpeteo constante se acumulaba en su imaginación y le llenaba por dentro. Estaba sudando y allí estaba el maldito niño.

Todo fue agarrar la cabeza del niño con una mano, el cucurucho con la otra y refregar su cara contra el helado. Y el discurso empezó a fluir: “Es un honor para mi recibir el premio anual a la tolerancia…”


 



LA INTOLERANCIA A LO INTOLERABLE

Alejandra Bautista


Levantarse a las tres de la madrugada no era lo suyo, odiaba al extremo salir de su cama mientras el resto de la humanidad, de seguro, descansaba plácida bajo varias mantas en sus esponjosas camas. Su responsabilidad era ser auditor financiero de una firma y su trabajo consistía en revisar el trabajo ajeno y el cumplimiento de procedimientos de otros, que no conocía, que no le importaban.

Podría aguantar horas de espera en aeropuertos, leer miles de informes preliminares, pasar hasta la hora del almuerzo sin una taza de café; pero no conseguía soportar a los turistas que, a su parecer, le restregaban en la cara la alegría y emoción por irse de vacaciones a los lugares paradisiacos donde él debía llegar de traje formal.

Detestaba verlos con sus sandalias saliendo de un clima helado y sus gafas de sol puestas a las seis de la mañana mientras él tenía que ir con zapatos mocasines que se harían insoportables con el calor, camisa blanca que se pegaría a la piel con la humedad sofocante del clima costero y las gafas medicadas que se empañarían con el aire.

Llegaba el punto de querer estallar y mandar al demonio a todas esas familias felices hasta que veía llegar a su compañero de trabajo, vestido con corbata negra, saco de paño de botones dorados, bufanda de lana que olía a naftalina desgastada y boina negra. Era un viejo que amaba su trabajo y le valía un miserable pepino podrido que los demás notaran su hedor al subir la temperatura. El baño diario y el uso de desodorante en él brillaban por su ausencia.

El viejo odiaba, aún más que él, el desfile de familias turistas a su lado, la algarabía en conjunto con las risas de los adultos, los gritos de los niños y sus carreras entre los pasillos del aeropuerto, el descuido de las madres que no increpaban a aquellos que, en sus juegos, le tiraban al piso los papeles que repasaba para iniciar su trabajo o el café que le hacían regar sobre su pantalón grueso.

Y lo peor, los pequeños de brazos que, por karma, siempre quedaban ubicados a su lado, frente o tras su silla en el avión.

La presurización dentro de la nave hacía que los oídos de los pequeños sintieran una incomodidad que no podían expresar de otra manera que no fuera a gritos. El dolor que percibían no se calmaba con los cantos de la madre desesperada o los juegos del padre algo indiferentes.

El llanto se convertía en vómito que salpicaba las sillas alrededor, los pañales empezaban a oler más fuerte a medida que las horas de vuelo se extendían. Los otros niños seguían con energía y gritaban.

Los padres, ignorantes de sus hijos se dedicaban a planear las noches que vivirían frente al mar cálido.

Para ambos oficinistas el ambiente era inaguantable. Se hablaban con la mirada. Uno, señalaba con los ojos a punto de salirse de su órbita a los niños que gritaban tras ellos.

El otro le hacía ademanes sutiles que daban a entender a su compañero que el acaloramiento, mezclado con los olores de un pañal sucio frente a ellos y otros tantos que se esparcían por el ambiente le generarían una explosión atómica en su cabeza.

Ninguno de los dos lograba concentrarse para continuar con la revisión del plan de trabajo, sentían en el otro cómo la desesperación iba en crecimiento y la rabia estaba por desbordarse.

El viejo auditor había soportado mucho, desabrochó su cinturón de seguridad y, ante la mirada atónita de los demás pasajeros, la impotencia de las madres y las miradas aterradas de los pequeños, empezó a vociferar improperios y maldiciones contra los bebés y sus progenitoras.

Tomó la botella de agua que tenía para refrescarse y se decidió a lanzar chorros del líquido sobre los llorones para intentar callarlos, silenció a los más grandes metiéndoles servilletas dentro de la boca, empujó a los padres ligeramente ebrios cuando éstos se levantaron en defensa de sus hijos. L Las madres asustadas sólo abrazaron a sus crías.

Aquel acto fue la gota que rebasó la copa de la paciencia del joven auditor que vio toda la escena. Desesperado también por tanto alarido, caos, olores de infantes y de un veterano, mezclados con el aire reciclado de la cabina del avión, la falta de concentración y el cansancio de la madrugada, no pudo aguantar la reacción de su abrigado compañero.

Se levantó, lo tomó de los brazos, le quitó la boina y la bufanda y descargó sobre él toda la rabia contenida desde las tres de la mañana, sumado a un pañal sucio que restregó en su cara.

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