Vero S.Q y Marcela Chapou son las mejores escritoras de la semana



Spray

Vero S.Q.


En Villarriba no había niños. Por eso, cuando aquella pareja de hippies se instaló en el pueblo, todos albergaron la esperanza de que naciera pronto un paisanito.

Los acogieron con amabilidad y ellos también se integraron muy bien. La única que mostró reticencias fue la Luisa, que pasó semanas tratando de verle los sobacos a la chica, que seguro que tiene pelos la muy guarra.

Poco tiempo después llegó al mundo, y a Villarriba por ende, Lau.

—¡A ver qué nombre es ese!—dijo la Luisa.

—Estamos en una época postmoderna donde las identidades son una cuestión compleja, fluida —respondió la Sagrario.

—Fluida estás tú, ¿es niño o niña?—dijo airada la Luisa.

—No lo sabemos mujer, aun no habla.

Luisa entró en un bucle obsesivo que no cesó hasta que pudo mirar dentro de los pañales de Lau. Había un pene. Una identidad con dos huevos como dos catedrales, se dijo para sí.

Todo el pueblo se involucró en la crianza de Lau, eran una tribu, como le gustaba decir a la madre, y sí, era una alegría, pero la Luisa opinaba que daba trabajo y que menuda cara dura tenía la hippie.

Lau crecía sano y Sagrario comentaba con la Luisa sus avances.

—La psicomotricidad fina aun no la maneja, pero la gruesa…

Con los años Lau comenzó a mostrar capacidades especiales. Era muy fuerte, podía correr tan rápido como un gamo, era capaz de adivinar que se guardaba en un armario sin abrirlo y le gustaba sentarse en el campanario de la iglesia sin que nadie supiera como era capaz de subir. Sagrario se documentó en esas cuestiones.

—Lau, evidentemente, ha superado al héroe clásico. Nos encontramos ante un indiscutible caso de poderes sobre humanos—dijo Sagrario mirando al infinito.

—Virgen santa las tonterías que tiene una que aguantar contigo—respondió la Luisa.

—No creo que su origen sea por una mutación genética—dijo Sagrario.

—Y así toda la vida, que cruz me ha mandado el señor—dijo Luisa

—Tiendo más a pensar que es una cuestión de pertenencia a una raza, bien alienígena, bien no humana.

La Luisa, por si las moscas, hizo acopio de agua bendita y buscaba cualquier excusa para salpicar a Lau. Se guardó en el bolso un bote de limpia cristales, que rellenaba de cuando en vez, y le enchufaba con el spray siempre que aparecía en su camino.

Lau, que era un súper héroe con un claro código deontológico, no le daba dos ostias a la vieja porque: Artículo Primero, no usarás tu fuerza a no ser que sea para salvar el mundo.

Una mañana, que estaban sentadas al sol comiendo pipas, se les acercó Lau ataviado con unas gafas de pasta negras.

—Ya está desarrollando su doble identidad—comentó en bajito la Sagrario.

— ¿La postmoderna?—preguntó Luisa.

—No mujer, todo súper héroe busca una identidad falsa que oculte su verdadero yo, ya que…—Sagrario no terminó la frase cuando la Luisa ya estaba con el spray en la mano salpicando a diestro y siniestro. Lau dio la vuelta triste. Había comprendido lo ineficaz de su disfraz.

—Estas cuartando su desarrollo—le dijo Sagrario muy seria a Luisa

—Qué desarrollo ni que leches, si con las gafas esas parece un comunista.

Otra mañana de pipas al sol, Lau se acercó a las mujeres con bigote postizo y un caminar peculiar. Sagrario no quiso comentar nada por si acaso la Luisa no se daba cuenta. Luisa sujetó con fuerza el spray, como queriendo retenerlo en el bolso, una oportunidad merece todo el mundo, es de cristianos, pensó.

Con paso decidido Lau se presentó ante ellas como Gael. El spray calló sobre “Gael” como una tormenta perfecta.

—Mira lo que te digo—dijo Luisa mirando a Sagrario—, esto acaba conmigo. ¿No hay nombres cristianos?: Vicente, David, José Ramón— y mientras Gael, antes conocido por Lau, arrastraba su fracaso, Luisa gritaba, — ¡la culpa es de la madre que se lo consintió todo!, guarra, —dijo Luisa quedándose muy a gusto.

Una tarde, después de misa, apareció un galán por la puerta de la iglesia. Llevaba un bigotito a lo Clark Gable y el pelo engominado. Vestía con camisa bien planchada y un pantalón ajustado que le marcaba el cuerpo. Luisa le echó el ojo rápidamente, pensando en su sobrina la soltera.

Se presentó a ella como Alberto Robles, periodista taurino. Comenzaron a hablar de las cosas de la vida y la Luisa se sintió rejuvenecer, hasta le gustaba para ella.

Alberto Robles, que olía a pachuli, encendió un cigarro con actitud varonil, y entonces, detrás de su espalda de macho, apareció un tipo con peluca y nariz postiza. Luisa, con lágrimas en los ojos, sacó su spray y comenzó a disparar, mojando también a Alberto Robles, despidiéndose de casar a su sobrina la soltera.



 



Cuentas pendientes

Marcela Chapou


La primera semana de vacaciones me la pasé en vela. Estaba furioso, ideando la manera de obligar a la profesora de biología a que me pidiera una disculpa y corrigiera mi calificación, pues mis quejas en la oficina del colegio habían sido inútiles. Obtuve su dirección y por la noche me dirigí a su encuentro, evocando en el camino los peores momentos de nuestra detestable convivencia para darme valor.

Pensaba en la vez que me acusó injustamente de haber regado el refresco en el piso. Así estaba cuando entramos al salón, y se lo dije, pero la muy perra me hizo limpiarlo. Y ahí me veo yo, con una cubeta y un trapo, en cuatro patas, soportando las bromas de los otros estudiantes. Era mi último año de la prepa, y toleré sus humillaciones para no comprometer mi próximo ingreso a la universidad, aunque al final no me valiera de nada, porque me reprobó.

Yo me esforzaba de veras y habría obtenido las mejores notas de mi grupo, de no ser porque ella no pasaba por alto ni el más mínimo error que cometiera. La traía conmigo. En los exámenes me bajaba puntos por cada acento faltante, e incluso por la colocación de comas o puntos, sin siquiera tomar en cuenta el contenido. Luego, en la clase, pregonaba mis fallas enfrente de todos, me expulsaba tras el más discreto estornudo, o me hacía preguntas imposibles, de las que seguramente ni ella misma sabía la respuesta, con esa risita socarrona que me caía en la punta del hígado, sólo para dejarme en ridículo con mis compañeros.

Un día me preguntó cuántos cabellos había en una cabeza, lo cual estaba por completo fuera de nuestro tema, a lo que contesté que dependía del tamaño del cráneo, del grueso del cabello y del grado de calvicie del individuo. Y aquí no pude reprimir la risa, ya que ella sería un ejemplo perfecto de esas diferencias individuales, pues además de tener una cabecita de garbanzo, clara evidencia, por cierto, del reducido número de sus neuronas, se estaba quedando calva; no obstante, me recompuse de inmediato: no quería que llamara a mi padre para que me metiera en cintura, pues tal era su constante amenaza, como si conociera el iracundo temperamento de mi progenitor. En su afán de molestarme, la profesora insistía en que le diera una cifra exacta. Y yo, que siempre fui muy rápido para solucionar los problemas, me propuse hacer el cálculo, adoptando, desde luego, una actitud del todo científica, para darle una lección. En la cabeza de mi compañera de banca marqué un centímetro cuadrado e hice un conteo rápido de los cabellos; después saqué la superficie a partir del diámetro de ésta y le resté una tercera parte, correspondiente a la cara. Para su sorpresa, en unos cuantos minutos obtuve el dato:

—Un promedio de ciento veinte mil, profesora.

Tras mis palabras, vi con gusto cómo elevaba rabiosa la mandíbula, mostrando la hilera completa de sus dientes inferiores, mientras parecía que las venas del cuello le fueran a explotar. Esta vez le había ganado a la infeliz, pero nunca le era suficiente, pues a diario me salía con un nuevo y absurdo problema, que me planteaba refiriéndose a mí como El Sabelotodo, o bien, como Luis, mi segundo nombre, que era también el de mi padre, y me chocaba porque yo era Juan, y nada más.

Llegué a su casa. Desde la avenida se veía sólo una ventana iluminada. Ahí estaba ella, con su camisón de monja, a punto de meterse en la cama. Su presencia atizó el odio acumulado en mi interior. Tenía planeado amenazarla de muerte para que modificara mi nota final, y cuando vi los pocos pelos embarrados sobre su enjuta cabeza, un deseo de venganza despertó en mí, junto con una brillante idea. Toqué la puerta, dispuesto a entrar por la ventana, si era necesario, pero la muy estúpida me abrió sin antes averiguar quién era. Sobresaltada, fijó en mí su mirada de búho.

—¿Con quién estás? —le dije empujando la puerta que me quería cerrar en las narices.

—Estoy sola —respondió con una completa ausencia de imaginación, como era de esperarse.

Ahí mismo en el vestíbulo, me apresuré a atarle las manos y los pies, y una vez inmovilizada me hinqué a su lado, la tomé por las orejas, y le susurré al oído con sarcasmo:

—¿Quieres que te diga cuántos cabellos tiene una cabeza?

Con la sangre hirviéndome por dentro, empecé a arrancarle los pelos de dos en dos, de cinco en cinco, llevaba la cuenta entre insultos y risotadas.

—Por favor déjame, perdóname —me suplicaba llorando y sacudiendo el cuerpo.

—Ahora sí te pones mansita ¿verdad cobarde? Mejor cállate que todavía me falta mucho. Cincuenta y cinco, cincuenta y siete. Y te advierto que si quieres permanecer viva me tienes que explicar por qué me sometiste a esa tortura durante todo el curso, y además, ponerme la calificación que me corresponde. Hablo en serio.

—Sí, sí, la corrijo, pero ya déjame en paz.

Su desvalida figura poco a poco me fue moviendo el corazón y me detuve.

—¡Dime por qué yo! —le grité.

—Es que eres igualito a tu padre —berreó.

—¿Que? ¿Y eso? ¿Lo conoces?

—Me dejó plantada en el altar hace veinte años, y no volví a saber de él.

La solté en silencio y me alejé de ahí. Ella se quedó lloriqueando en el suelo, sobándose la cabeza adolorida. Iba decidido a encarar al culpable: lo obligaría a pedir perdón.

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