Ya, por Verónica S. Q.




Unos días después de mi segundo aborto escuché en la radio que, tras las bombas que arrasaron Hiroshima y Nagasaki, creyeron que nada volvería a florecer hasta pasados setenta y cinco años. Sin embargo, tan solo unos meses después, amanecieron entre las ruinas los primeros brotes. No pude evitar llorar de rabia porque hasta la tierra devastada y radioactiva fue más fértil que yo.

Después llegaron las cuatro inseminaciones artificiales, las dos fecundaciones in vitro, las consultas a Servicios Sociales sobre adopciones. Años largos de hormonas sintéticas, de incertidumbre. Aprendí, dentro de esta sociedad de lo inmediato, que ya es solo un adverbio. Me especialicé en velar lo invisible, como la viuda de un desaparecido.

Vivía pensando en plural. Apuntaba en un cuaderno mental cada momento para contárselo a mi futura hija, <<cuando sea mayor>>. Sentía que solo se trasciende si puedes compartir tu pasado con alguien que lo admire.

La maldita espera. Un animal mitológico mitad mujer, mitad silla mecedora.

Me decían que me relajara, que el problema era el estrés. Como si pudiera convertirme en un monje tibetano. ¿No se quedan las mujeres embarazadas en contextos violentos? Era mi culpa, siempre. <<¡¿Tengo que alcanzar el Nirvana para ser madre?!>>

Si juego a relacionar palabras puedo decir que había algo de cierto, porque era la protagonista de una canción grunge, rabiosa y poética: << I dont´t care if it hurts[1], ¿Y si nunca llega?, I wanna have control, ¿qué espero?, I want a perfect body, ¿a quién?, I want a perfect soul, para qué>>

Cuando mi vida sexual estaba destrozada y mi futuro parecía disolverse en la sangre de cada mes, me rendí. No como si hubiera perdido una batalla, si no como la grieta en la presa, que ha intentado resistir pero, al quebrarse, se siente liberada dejando que fluya el agua.

Comencé a hablar de mi fracaso en voz alta y, como un enjambre buscando a su reina, vinieron a mí las historias de otras mujeres. Las satisfechas de no haber sido madres, las que no pudieron elegir. Embriones que se perdieron cuando ya tenían nido y apellido. La voz de mi madre contándome como vivió la primera ecografía que le hicieron cuando estaba embarazada de mí. Solo se veía una imagen blanca que bombeaba, y le pareció una margarita parpadeando, <<una vez fui la flor, no solo la tierra seca>> No volví a sentirme sola.

Venus paleolíticas me rodearon y juntas participamos en un ritual sanador. Ellas, con su vientre abultado, negras como la tierra más fecunda, Yo, Hiroshima después del daño, Varsovia, Berlín. Destruida pero con futuro. Rediseñando mis nuevas calles y las antiguas fortalezas.

Entendí como nos atraviesa a todas, en algún momento, la maternidad: la elegida, la impuesta, la imposible, la rechazada. Desde el momento en que menstruas y alguien te dice que ya eres mujer, como si antes solo hubieras sido un boceto y ahora fueras la obra completa. Nacemos, crecemos, y si no nos reproducimos no morimos. Yo estoy viva.

Me despedí de tu nombre, mi niña de mentira. Te lloré como se llora a los muertos, Tú, también ausente, Tú, con tantas cosas que dejaste pendientes de hacer.

Llené de plantas la habitación sin dueña. Germinaron allí libros y fueron cientos. Recuperé, de cajas antiguas, el radiocasete, las cintas, el tocadiscos y los vinilos de mi padre. Lo escuché todo, bailé.

Volví a tener sexo por placer y no por agenda. Me toqué entera y aprendí de nuevo a respetar mi cuerpo, mi útero, mi vulva y a la tierra yerma que los puebla. Fui arena del desierto, paisaje lunar, cualquier lugar dónde el suelo no importa. Floté por encima de todo.

Mi deseo de ser madre fue un sitio dónde deambulé, como en un aeropuerto o en una estación de metro. Un espacio dónde no te queda otro remedio que estar para llegar a otra parte.

Y aunque la tristeza vuelva de vez en cuando a mi casa, como un perro perdido, yo la recibo con un abrazo. Ella me lame, yo le curo las heridas y le quito los parásitos. Se acurruca a mis pies y se queda dormida. Entonces sigilosa, para no despertarla, abro la puerta para que, una vez más, pueda marcharse cuando quiera.

[1] Extracto de la letra de la canción Creep de Radiohead. No me importa si esto duele. Quiero tener el control. Quiero un cuerpo perfecto. Quiero un alma perfecta.

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